PARA QUIEN ESCRIBIMOS
Revista de Estudios Tradicionales Nº 9, págs. 5-12
(Fragmento)

Giovanni Ponte

La persistencia de determinados equívocos nos sugiere la oportunidad de efectuar algunas aclaraciones, que esperamos sirvan para establecer una relación más proficua con nuestros lectores.

Tal como ya hemos dicho otras veces, no queremos que nuestros escritos se conviertan en motivo de disertaciones especializadas, más o menos inútiles e ineficaces. En realidad, aquí no se trata de convenir con los lectores en alguna complacencia cultural de tipo especial: lo que por el contrario consideramos indispensable es convenir, antes que nada, en una aspiración.

No es fácil definir esta aspiración de una manera tal que no dé lugar a malentendidos. Podríamos hablar de la aspiración a relacionarse de manera consciente con algo que no se encuentre sujeto a las vicisitudes y la caducidad del mundo que está fuera y dentro de nosotros, esto es al mundo corpóreo y al mundo psíquico; y aquí cabe pensar en la doctrina hindú relativa a la “corriente de las formas”, que hay que superar.

Con un ejemplo tomado de una expresión popular (que, dicho sea de paso, deriva de un conocido simbolismo tradicional), diremos que, si la vida es «una rueda que gira», no deja de haber, en dicha rueda, un centro que no gira y a cuyo alrededor se regula todo el movimiento. En general, la situación del hombre contemporáneo puede ser comparada a una posición del todo periférica en la “rueda de la vida”, sin posibilidad alguna de conectarse efectivamente a su eje; dicha situación, hasta tanto persista, conlleva además, lógicamente, el destino de terminar aplastados una vez concluido el propio reducido ciclo de existencia y, en efecto, la muerte corpórea constituye comúnmente, para el hombre moderno, un cierre definitivo del propio horizonte.

Nuestro discurso no se dirige a quien se conforma con una tal condición. Ni tampoco a quien se contenta con encomendarse pasivamente a lo que se encuentra en el origen de la vida y que, a pesar de dejarse llevar por la corriente del mundo contemporáneo, cree de tener quién sabe qué “derechos” al “más allá”.

No entendemos negar que la creencia en una supervivencia, o en una sucesiva existencia, pueda tener su justificación. Pero no es este el punto que queremos aclarar aquí. Una cosa es recibir y, por decirlo así, tolerar una nueva existencia y otra muy distinta es conectarse conscientemente con lo que se halla en el origen de las existencias, y no después de una muerte, sino realmente más allá y por encima de toda muerte [1]. Una cosa es quedarse encerrados en el ámbito siempre incierto de inclinaciones, sensaciones y opiniones subjetivas, otra cosa es lograr la certeza que proviene de la participación directa en ese Principio en el que reside la explicación de todo.

Nuestro discurso se dirige a quienes se plantean la cuestión fundamental de como aplicarse a perseguir tal objetivo decisivo, y están resueltos o lo estarán en un futuro, a encararlo.

Poco importa que sean pocos. Lo único que nos preocupa es que éstos puedan malinterpretar lo que decimos, también a causa de nuestro particular modo de expresarnos, seguramente desacostumbrado para algunos, que pueden verse así inducidos a sobrestimar inicialmente los obstáculos que dificultan un acuerdo y una comprensión, por otra parte susceptibles de inesperados desarrollos.

Con respecto a esto, observamos que las ocasiones y los caminos que, aunque de distintas maneras, llevan a plantearse esa cuestión fundamental son prácticamente incontables; es más, desde un cierto punto de vista podría decirse que cualquier campo de conocimiento o de búsqueda, si fuera ahondado de manera suficiente, conduciría fatalmente a tener que encararlo

 

 



[1] Esto corresponde a la verdadera «inmortalidad» de la que hablan las doctrinas orientales y a la que aludían, por ejemplo, también los antiguos Misterios occidentales. A esto mismo se puede referir, además, uno de los significados simbólicos del término «Amor» (a-mor, sin muerte) utilizado en ciertas iniciaciones medievales.