PREJUICIOS DE HOY |
Tullio Masera |
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Si nos tomáramos la molestia de analizar nuestros recuerdos, retrocediendo con la memoria a los primeros contactos con la historia, a los primeros rudimentos de la vida social como nos fueron impartidos en la escuela, nos daríamos cuenta que no bien estos recuerdos empiezan a cobrar un aspecto un poco más nítido, aparecen siempre conectados a una idea de fondo, a un nexo que los amalgama y los dirige en una determinada dirección: nos estamos refiriendo al concepto de «Progreso». Más adelante, dicho concepto, que podríamos definir el motor de la civilización moderna, lo hemos vuelto a encontrar por todas partes, desde la enseñanza secundaria hasta la universidad, en los libros, en las revistas, en los programas de los partidos políticos, en la investigación científica, en la publicidad: dondequiera contribuye a catalizar acciones y programas, a juzgar acontecimientos e ideologías, a configurar, en conclusión, los pensamientos y la misma existencia cotidiana de manera tan radical, que muy difícilmente a alguien se le podría ocurrir de ponerlo en discusión. A tal punto que ya es convicción general de que, a partir del momento que se comenzó a escribir la historia hasta hoy día, la humanidad no haya hecho otra cosa más que luchar en nombre de este «Progreso». Desde un punto de vista general, pensamos que sea útil detenerse a analizar los conceptos más arraigados en la común opinión, a fin de verificar si efectivamente no admitan críticas, si de veras podemos fundar en ellos nuestras convicciones, o si en cambio puedan contener elementos ficticios por lo cual se los debe considerar solamente como hipótesis posibles y no como postulados: en este sentido lo mejor será empezar a examinar esta idea de «Progreso» y además la de «Civilización», que está estrechamente relacionada con aquella. […] Es extraño que una tal idea [de «Progreso»], muy difundida en la actualidad, de un progreso constante e ilimitado [...], haya podido abrirse paso e imponerse cuando la experiencia y el razonamiento difícilmente pueden apoyarla. Los fenómenos naturales, en efecto, sobre cuya observación, como fuente de nuestra experiencia sensible, se basa gran parte de la ciencia moderna, son representables por lo general solo con ciclos cerrados. No hay más que pensar en los astros y sus órbitas elípticas, en la sucesión periódica de las estaciones, en la circulación del agua entre la tierra y la atmósfera, o en cualquier otro fenómeno físico que pueda venir a la mente; que, si después se pasa al campo específico de la biología, las cosas se presentan con igual o aún mayor evidencia: el rítmico alternarse de la sístole y la diástole en el mecanismo cardíaco, la circulación de la sangre (o de la linfa), la respiración con las dos fases inspiratoria y espiratoria que se subsiguen, la precisa cronología de los biorritmos orgánicos, y sobre todo los fenómenos más evidentes de la vida en general en los reinos orgánicos de la naturaleza, esto es, el nacimiento y la muerte; a partir del primero y a través de variaciones más o menos comunes a todos los seres (y que en el caso particular del hombre se pueden esquematizar en infancia, juventud, madurez y senectud), la manifestación vital se concluye en la segunda, por lo cual ambas representan los extremos de otros tantos ciclos, respectivamente eslabones de la cadena de cada una de las especies, a su vez también sujetas, en ciclos más amplios, a la misma ley de alternancia. Nos preguntamos, pues, de donde haya salido esta idea del progreso ilimitado y en cierto modo rectilíneo, cuando cosas de este tipo no existen en la naturaleza. […] ♦ |