DOCTRINA Y AUTORIDAD TRADICIONALES 30 julio, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

Revista de Estudios Tradicionales Nº 20, págs. 7 – 19
(Fragmento)

Hay ciertos temas que, hoy día, provocan en muchos una reacción negativa prácticamente insuperable, a punto tal que puede impedir la prosecución de un discurso lógico y proficuo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se encara la cuestión de la autoridad tradicional. La mayor parte de las veces resulta difícil hacer entender a nuestros contemporáneos que, para el hombre, en calidad de ser individual condicionado por un horizonte relativo e inestable de la realidad, recurrir a la autoridad tradicional es algo del todo normal.

En nuestro último artículo[1] recordábamos que, tal como esencialmente se reconoce, aunque de distintas maneras, en todas las civilizaciones salvo en aquella del mundo moderno, toda autoridad tradicional auténtica reconoce su fuente originaria en la Verdad y en el Conocimiento que trasciende el mundo relativo e individual, y constituye además, por su propia naturaleza, una vía que lleva a esa fuente trascendente.

Si se nos preguntase por qué la concepción de una tal autoridad, en otros tiempos comúnmente aceptada, se ha vuelto tan poco conciliable con la mentalidad general, se podría dar la siguiente respuesta: habiéndose oscurecido la intuición de una realidad que trasciende el mundo relativo e individual, perdida la noción de la necesidad de referirse a ella y desaparecida ya la aspiración a remontarse hasta allí, aun el significado de la autoridad tradicional, tal como la hemos definido, no puede más que permanecer del todo incomprendido.

Hay que agregar, sin embargo, que este desconocimiento, presente incluso allí donde la incomprensión respecto de una realidad superior no sería completa, se ve favorecido por la correlativa decadencia de lo que queda de la autoridad tradicional misma en el ambiente occidental moderno.

Indudablemente, en el Oriente tradicional, y hasta el siglo XX, la presencia misma de seres en los que la manifestación individual humana se muestra como el «soporte» de una realidad y de un conocimiento de orden suprahumano, capaz de iluminar el ambiente en donde se encuentran, vuelve mucho más fácil y hasta casi obvia la referencia a una autoridad tradicional. Así, por ejemplo, aun esos hindúes o musulmanes que, contagiados por la influencia moderna, se convierten prácticamente en unos «occidentalizados», sin embargo en muchos casos no pueden siquiera concebir que la autoridad tradicional sea algo contestable, mas simplemente consideran que el peso de las circunstancias y de sus mismas inclinaciones les impiden mantener una orientación tradicional.

En Occidente, en cambio, ya desde hace varias generaciones van proliferando orientaciones declaradamente antitradicionales o simplemente profanas, tanto que han logrado invadir y plasmar por entero la organización de la vida humana y la mentalidad general; paralelamente, se han multiplicado las pseudo autoridades en los campos más diversos, desde el religioso hasta el cultural y político, pasando por aquél muy fértil del pseudoesoterismo; por último, ahí donde se ha conservado exteriormente una autoridad realmente tradicional, ella se expresa tan sólo en términos de una fe religiosa revestida de un dogmatismo vinculado sin duda de manera bastante indirecta a esa Verdad universal y supraformal cuyo conocimiento, según la palabra del Cristo, vuelve «libres».

En estas condiciones, resulta comprensible que no sólo quien está imbuido de la mentalidad moderna sino también aquél que aspira a una realización cognoscitiva de orden universal, se pueda ver inducido a rehusar el concepto mismo de autoridad tradicional. Esto no quita que un semejante rechazo sea un prejuicio y una anomalía grave[2], aun cuando se presente bajo una etiqueta respetable como la de la «libertad de conciencia» o de la «autonomía de espíritu». Verdadera libertad es la que está más allá de la condición humana individual, caracterizada esta última por la relatividad y la ilusión; y justamente en función de tal libertad es que se hace necesaria una dirección que no sea «de este mundo». Con respecto, además, a la «autonomía», si se volviese a su sentido etimológico más profundo, se advertiría que ella consiste, al pie de la letra, en seguir la «ley de sí mismos» o la «ley del Sí». Pero, cuando se haya entendido que el propio verdadero «Sí» (Âtmâ) no se halla en el plano individual de la relatividad; cuando se haya entendido que la verdadera solución del «Conócete a tí mismo» es la que implica (para usar las palabras de un célebre dicho tradicional árabe) el conocimiento del proprio «Señor»; entonces se comprenderá, también, que la verdadera «autoridad» es inaccesible para quien se maneje sólo según tendencias individuales y empíricas, y que, por otra parte, justamente la hipótesis de la autoridad tradicional tiene como objeto supremo, a través de la supresión de toda autonomía ilusoria, la realización de una «autonomía» que trascienda el dominio de la ilusión.

[1] «La Evidencia y la Vía», en el n°. 19 de esta revista.
[2] Esta anomalía salta aún más a la vista cuando se manifiesta en personas que hayan tenido acceso a una iniciación, como la masónica, y sea sostenida por ejemplo en aras de un falso igualitarismo que, si fuera llevado hasta sus lógicas consecuencias, comportaría una total anarquía y la abolición de cualquier organización tradicional, con la inversión completa del conocido lema «Ordo ab chao».

« EL SER Y EL MEDIO
EL «OJO DE LA AGUJA» »