EL LENGUAJE DEL SILENCIO 9 agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

EL LENGUAJE DEL SILENCIO
Revista de Estudios Tradicionales Nº 17, págs. 91 – 106
(Fragmento)

En el primer número de la «Lettera G» se ha evidenciado como la llamada «virtualidad» de la iniciación masónica, lejos de representar una característica de la Masonería en cuanto tal, consista simplemente en el estado en que naturalmente se encuentra todo iniciado al comienzo del propio camino, es decir antes de haber abandonado los hábitos mentales y los prejuicios que configuran su mentalidad profana[1].

Ahora bien, es normal que tal perspectiva, contrastando la difundida tendencia a disminuir las posibilidades de desarrollo intelectual que se abren aquí y ahora a quien tenga acceso a la iniciación masónica, suscite la necesidad, en quien la haga propia, de volver a hacer un nuevo y profundo examen del patrimonio ritual y simbólico que custodia la Masonería; patrimonio a menudo desatendido aun por quien deplora la carencia de «instrumentos operativos» en los trabajos de Logia. Antes de encarar un trabajo tan absorbente se impone, sin embargo, poner de relieve los presupuestos de tal reexaminación, pues es frecuentemente de la incomprensión de las bases sobre las que se funda un punto de vista que nacen los equívocos más intrincados. ¿Qué son los símbolos y los ritos? ¿Por qué el lenguaje simbólico ha sido utilizado en los más diversos tiempos y lugares para la transmisión de la enseñanza iniciática? Y, por último, ¿qué papel pueden desempeñar los símbolos en el avance hacia la iniciación efectiva? Sin tener la intención de tratar de un modo exhaustivo una materia que podría ser profundizada casi indefinidamente, nos limitaremos a sacar alguna que otra respuesta a tales interrogantes de la obra de René Guénon, donde estos temas están copiosamente tocados, esperando que esta breve síntesis pueda incitar algún lector a nuevas reflexiones sobre argumentos que están, o quizá deberían estar, al centro del interés de los Masones.

En primer lugar es necesario aclarar que la distinción entre símbolo y rito no tiene, según el punto de vista operativo desde el cual nos ponemos, ningún valor esencial, representando simplemente una diferencia formal entre elementos caracterizados por la misma función. Para que se comprenda plenamente el alcance de esta afirmación, sin embargo, será conveniente definir de manera suficientemente precisa la palabra «símbolo»: según su etimología, el símbolo es aquello que permite «asociar» (literalmente «poner junto»: sumballeîn) la representación de un elemento de orden sensible con la concepción de una realidad diferente, material o abstracta. Luego la misma escritura, al estar compuesta de signos utilizados para comunicar ideas, debería entrar en la definición de símbolo: esto es particularmente evidente en las lenguas que utilizan ideogramas, como el chino; empero, no bien se considere su función, es posible reputar a toda forma de lenguaje escrito como simbólica, pues está compuesta de elementos destinados a relacionar una cierta representación gráfica con una realidad diferente, objeto de la comunicación. Pero, además, si consideramos como característica del símbolo la capacidad de referirse a otra cosa a través del uso de elementos sensibles, no sólo el lenguaje escrito, sino también el verbal o el gestual pueden ser considerados símbolos, siempre que posean una efectiva capacidad de transferir un significado que aluda a otra cosa respecto de la forma material que revisten: y así el rito mismo, puesto que compuesto de palabras, gestos, figuras, y comunicante un significado que se sitúa por supuesto más allá de su mera apariencia, participa del lenguaje simbólico al igual que el símbolo corrientemente entendido.

Llegados a este punto, debemos reconsiderar un aspecto fundamental de la definición que habíamos adoptado inicialmente: tal definición, correspondiente de hecho al sentido corriente de la palabra, considera al símbolo como un cualquier elemento sensible capaz de transferir un significado que se refiera a otra cosa, por lo cual usualmente, de acuerdo con la misma, se consideran como «símbolos» las más diversas y arbitrarias producciones de la fantasía, basándose en la idea de que los símbolos mismos poseen un carácter «convencional»: por lo cual bastaría que una colectividad más o menos numerosa se pusiera de acuerdo para considerar un determinado signo como un «símbolo», para lograr de que el mismo adquiera efectivamente esta condición. Ésta es, por otra parte, la idea que muchos se hacen de los mismos símbolos masónicos, que habrían sido concebidos gracias a la fértil imaginación alegórica de algunos de nuestros antepasados, y que es meritorio mantener inalterados para no perder la conexión «ideal» con quien nos ha precedido. Claro que, de aceptarse una tal visión de los símbolos y ritos masónicos, a un paso estaríamos de decidir su modificación para adaptarlos al «gusto del momento», ya que, así, todo resulta reducido a una disputa en la que los argumentos de carácter intelectual dejan el paso expedito a consideraciones de carácter «sentimental», estrictamente dependientes de las varias «sensibilidades» implicadas.

Tal idea –que los símbolos sean creaciones de la «imaginación colectiva»– se sitúa en las antípodas del punto de vista tradicional expresado por R. Guénon: «el verdadero fundamento del simbolismo es […] la correspondencia que existe entre todos los órdenes de realidad, que los conecta uno con otro y que se extiende, por consiguiente, del orden natural tomado en su conjunto, al orden sobrenatural mismo; en virtud de esta correspondencia, la naturaleza entera no es más que un símbolo, es decir que ella adquiere su verdadero significado sólo cuando se la considera como un soporte para elevarnos al conocimiento de las verdades sobrenaturales, o “metafísicas” en el sentido propio y etimológico de esta palabra, y ésta es precisamente la función esencial del simbolismo, así como la razón de ser profunda de toda ciencia tradicional»[2]


Artículo publicado originalmente en la revista italo-francesa «La Lettera G / La Lettre G», n° 2, equinoccio de primavera de 2005, cuya versión en lengua castellana presentamos aquí a nuestros lectores, gracias a la gentil autorización de su Director, Pasquale Casaretta, a quien va todo nuestro reconocimiento.

[1] Cf. en particular el artículo de L.M. «Cambiar de mentalidad» [publicado en el n° 15 de esta revista].

[2] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la iniciación, «Simbolismo y filosofía».

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