EL RITO DE LA CADENA DE UNION 2 agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

EL RITO DE LA «CADENA DE UNIÓN»
Revista de Estudios Tradicionales Nº 6, págs. 199-214
(Fragmento)
Franco Peregrino

«O voi ch’avete l’intelletti sani,
mirate la dottrina che s’asconde
sotto ‘l velame de li versi strani»

La incomprensión que, en general, manifiestan nuestros contemporáneos hacia todo lo que, de una u otra manera, forma parte del dominio tradicional, deriva a nuestro ver de la particular mentalidad que éstos han llegado a adquirir, mentalidad que denota el hábito de atenerse a considerar casi exclusivamente el aspecto exterior de las cosas. Nos explicaremos mejor: una tendencia instintiva a circunscribir la propia atención dentro del ámbito sensible conduce fatalmente a identificar la entera realidad con aquello que tan sólo participa marginalmente de la misma —es decir, con las meras apariencias, con cuanto se halla sujeto, perceptible o imperceptiblemente, a un cambio continuo— y, en consecuencia, a ignorar cualquier referencia capaz de sugerir la vinculación que de hecho existe entre la «periferia» y el «centro», entre el devenir y el ser; esta incapacidad de concebir otros planos de realidad fuera del que permiten percibir los sentidos corporales, lleva a arrimarse de manera necesariamente inadecuada a las distintas expresiones del mundo tradicional, cosa que resulta aún más evidente cuando lo que se pretende examinar atañe la categoría especial de los símbolos y los ritos, los cuales, por su propia naturaleza, muy poco o nada tienen que ver con el conocimiento discursivo: es así como, en la práctica, tales instrumentos —a pesar de que constituyan expresiones sensibles de la doctrina y de que por ende participen del carácter intelectual de la misma— no pueden sino permanecer, por decirlo así, «mudos» o, lo que es lo mismo, resultar ininteligibles y en cierto modo extraños, cuando no, para algunos, decididamente extravagantes. Si el hombre moderno no estuviera condicionado por dicho hábito mental, que lo induce a prejuzgar, no habría motivo alguno para que no pudiera llegar a enfocar de manera más o menos adecuada, según sea su aptitud, la cuestión del significado de los diversos instrumentos tradicionales: en el fondo, si ellos pueden parecerle incomprensibles y aun chocantes, es solamente porque se refieren a modos de conocimiento distintos del propio, que por encima de la mera descripción y catalogación de las apariencias, privilegian la búsqueda de las causas recónditas de donde estas últimas descienden, reconociendo en el mismo plano sensible los indicios significativos de un orden de realidad suprasensible. Coadyuvantes específicos del conocimiento, que en el ámbito iniciático podemos calificar en su grado más elevado como puramente metafísico, todos estos instrumentos —y más estrictamente los ritos y símbolos iniciáticos— están destinados, en definitiva, a propiciar el despertar de una actividad intelectual capaz de remontarse desde el mundo de las formas hasta la esfera de los principios inmutables y universales que rigen el devenir [1].

Así es, por ejemplo, en el caso del símbolo, el cual, al constituir «un medio de expresión menos estrechamente limitante que el lenguaje normal, puesto que es más lo que sugiere que lo que expresa, resulta ser el soporte más adecuado para el caso de posibilidades de concepción que, de otro modo, a través de las palabras sería imposible alcanzar» [2]. Así es también en el caso del rito, el cual, independientemente de su carácter específico, no deja de ser «un caso particular de símbolo: se trata, por decirlo así, de un símbolo “puesto en acción”, pero ello vale a condición de concebir el símbolo en toda su extensión y no sólo en su exterioridad contingente, ya que en este caso, así como en el estudio de los textos, es menester saber ir más allá de la “letra” para lograr captar su “espíritu”» [3]. Por lo que se refiere a los escritos doctrinales propiamente dichos, es evidente que ellos pueden asumir un carácter análogo al de los ritos y los símbolos, al menos en el caso del iniciado que sigue una vía de realización, y ello en virtud de la naturaleza simbólica que necesariamente poseen tales escritos, por medio de la cual devienen un soporte de meditación idóneo para percibir lo que en sí mismo permanece siempre inexpresable y que requiere del propio esfuerzo personal para ser efectivamente realizado [4].

En una palabra, valiéndonos de los diversos medios que pone a nuestra disposición una forma tradicional —siempre que sea completa hacia lo alto—, será posible aprender a ver las cosas de otro modo, es decir ya no exclusivamente en función del propio yo, sino tal como ellas lo son en su más íntima naturaleza, con lo cual todo lo que nos rodea dejará por fin de constituir un obstáculo que nos separa del principio, para asumir una nueva dimensión que, viceversa, nos ayudará a acercarnos al mismo.
Pero esto es precisamente lo que nuestros contemporáneos no están en condiciones de concebir, y por otra parte jamás podrán hacerlo mientras continúen obstinadamente en no querer ver otra cosa que no sea la «letra», la cual, en esta perspectiva, en lugar de constituir el medio natural para acceder al «espíritu», ha terminado por convertirse para ellos en estéril «letra muerta». En efecto, basta considerar, por ejemplo, que «cuando no se sabe ver otra cosa más que la forma exterior del símbolo, su misma razón de ser y su actual eficacia han desaparecido; el símbolo se convierte entonces en un “ídolo”, es decir en una imagen vana, y su misma conservación se convierte en mera “superstición”, por lo menos hasta tanto no se encuentre a alguien cuya comprensión sea capaz de devolverle —parcial o integralmente— de manera efectiva lo que aquél ha perdido o, dicho de otro modo, lo que tan sólo contiene como posibilidad latente» [5].

Por extraño que ello pueda parecer, cuanto hemos dicho no deja de encontrar aplicación aun al interno de las organizaciones iniciáticas que hoy día subsisten en Occidente, y ello porque las mismas, por varias razones, no han sabido evitar una cierta intromisión de la susodicha mentalidad imperante en el mundo «profano»; con el deplorable resultado que actualmente es posible constatar la presencia de un cierto número de iniciados «virtuales» incapaces de darse una respuesta más o menos profunda sobre la razón de ser de su propio patrimonio tradicional, siempre y cuando ellos lleguen a plantearse las preguntas del caso.

Así es como, entrando de lleno en el tema específico de nuestro artículo, no debe sorprendernos que, hace ya varios años, desde las páginas de la revista «Le Symbolisme», Marius Lepage reputase necesario llamar la atención a propósito del rito de la cadena de unión, luego de haber constatado como una difundida incomprensión de fondo había determinado su degradación en mera práctica consuetudinaria: «Las manos se enlazan todavía —escribía Lepage— pero el valor de este acto ya no resuena en nuestro interior» [6].

Personalmente, entendemos que esta advertencia de Marius Lepage mantiene aún toda su actualidad, y ello nos mueve a recoger el desafío que ella implica, con la esperanza de lograr aportar en la medida de lo posible un poco de luz sobre este particular aspecto de la tradición masónica; queremos, no obstante, dejar sentado desde ahora que cuanto podamos decir constituirá, a lo más, un simple estímulo para que cada uno persevere en su propio «trabajo» interior, puesto que sólo a través de un esfuerzo personal de meditación será posible penetrar el significado más profundo que esconde el rito que nos disponemos a examinar (tal como, de más está decirlo, cualquier otro elemento del patrimonio tradicional), significado que no puede ser sino incomparablemente más de cuanto resulta posible expresar directamente por medio de las palabras.

Volviendo a nuestro asunto, nos queda aún por precisar que las dificultades que encierra esta empresa nos obligarán a demorarnos en una previa selección de los datos disponibles, considerando aunque más no sea someramente las diversas modalidades de aplicación que pueden prevalecer en los distintos ambientes.

Empecemos diciendo que la cadena de unión se practica, por lo general, al cierre de los trabajos de primer grado; pero, mientras que en algunas Obediencias ello sucede inmediatamente antes de dicho cierre, en otras se la considera una especie de sello ritual de la tenida y se la pone en práctica sucesivamente al cierre de los trabajos propiamente dichos. Hay quienes, en cambio, la ponen en relación directa con la iniciación y la incluyen en el momento preciso que se concede la luz simbólica al iniciando, y quienes, por su parte, se limitan a subrayar este hecho a través de una modalidad adaptada específicamente a esta circunstancia [7] […]

[1] Podemos señalar a este respecto una observación de René Guénon, atinente a la Masonería, que extraemos de su correspondencia: con referencia a una frase contenida en los rituales masónicos ingleses, «[…] That I may travel in foreign countries», Guénon pone de relieve que los «países extranjeros» de que se trata representan los «otros mundos», los estados que se hallan más allá del dominio sensible.

[2] René Guénon, Introduzione generale allo studio delle dottrine indù, Ed. Adelphi, pág. 93.

[3] René Guénon, Idem, pág. 94.

[4] A propósito de los niveles de «lectura» que permiten ya sea todos los textos sagrados como aquellos otros puramente iniciáticos, véase René Guénon, Initiation et Réalisation Spirituelle, cap. V.

[5] René Guénon, «Introduzione generale allo studio delle dottrine indú», pág. 94-5.

[6] Citado en J. Boucher, «La Symbolique Maçonnique», pág. 337.

[7] Una modalidad bastante sugestiva es la siguiente: inmediatamente después del cierre de los trabajos, se confina al neófito «entre columnas» y desde tal posición marginal éste asiste a la formación de la cadena; la misma se abre entonces hacia Occidente, para que el nuevo iniciado pueda, franqueando el umbral, integrarse a ella, con lo cual la cadena vuelve a cerrarse con fuerza y vigor, tras haber asimilado de manera prácticamente orgánica el nuevo eslabón.

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