EL SER Y EL MEDIO 30 julio, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

«L’être et le milieu», cap. XIII de La Grande Triade [La Gran Tríada].

En la naturaleza individual de todo ser, hay dos elementos de orden diferente, que conviene distinguir claramente, señalando sus relaciones de la manera más precisa posible; en efecto, esta naturaleza individual procede en primer lugar de lo que el ser es en sí mismo, que representa su lado interior y activo, y luego, secundariamente, del conjunto de las influencias del medio en el que se manifiesta, que representan su lado exterior y pasivo. Para comprender cómo la constitución de la individualidad (y debe quedar claro que se trata aquí de la individualidad integral, de la que la modalidad corporal es sólo la parte más exterior) está determinada por la acción del primero de estos dos elementos sobre el segundo, o, en términos alquímicos, cómo la Sal resulta de la acción del Azufre sobre el Mercurio, podemos servirnos de la representación geométrica a la que acabamos de aludir cuando hablamos del rayo luminoso y su plano de reflexión[1]; y, para esto, debemos relacionar el primer elemento con el sentido vertical, y el segundo con el sentido horizontal. En efecto, la vertical representa entonces lo que vincula entre sí a todos los estados de manifestación de un mismo ser, y que es necesariamente la expresión de ese ser mismo, o, si se quiere, de su «personalidad», vale decir, la proyección directa por la que ésta se refleja en todos los estados, mientras que el plano horizontal representará el dominio de un cierto estado de manifestación, considerado aquí en sentido «macrocósmico»; por consiguiente, la manifestación del ser en ese estado estará determinada por la intersección de la vertical considerada con ese plano horizontal.

Ahora bien, es evidente que el punto de intersección no es un punto cualquiera, sino que está determinado por la vertical en cuestión, en tanto que ésta se diferencia de toda otra vertical, es decir, en resumidas cuentas, por el hecho de que este ser es el que es, y no lo que es cualquier otro ser que se manifieste igualmente en el mismo estado. En otras palabras, podría decirse que es el ser el que, por su propia naturaleza, determina él mismo las condiciones de su manifestación, con la salvedad, por supuesto, de que esas condiciones no pueden ser en ningún caso más que una especificación de las condiciones generales del estado considerado, puesto que su manifestación debe ser necesariamente un desarrollo de posibilidades contenidas en ese estado, con exclusión de las que pertenecen a otros estados; y esta reserva está marcada geométricamente por la determinación previa del plano horizontal.

Por consiguiente, el ser se manifestará revistiéndose, por así decir, de elementos tomados del ambiente, y cuya «cristalización» será determinada por la acción, en dicho ambiente, de su propia naturaleza interna (que, en sí misma, debe ser considerada de orden esencialmente supraindividual, tal como lo indica el sentido vertical según el cual se ejerce su acción); en el caso del estado individual humano, estos elementos pertenecerán naturalmente a las diferentes modalidades de este estado, es decir, a la vez al orden corporal y al orden sutil o psíquico. Este punto es particularmente importante para descartar ciertas dificultades que no se deben más que a concepciones erróneas o incompletas: en efecto, si, por ejemplo, se traduce esto más particularmente en términos de «herencia», se podrá decir que no solamente existe una herencia fisiológica, sino también una herencia psíquica, explicándose una y otra exactamente de la misma manera, es decir, por la presencia, en la constitución del individuo, de elementos tomados del medio especial donde su nacimiento ha tenido lugar. Ahora bien, en Occidente, algunos se niegan a admitir la herencia psíquica, porque, al no conocer nada más allá del dominio al que ésta se remite, creen que este dominio debe ser el que pertenece propiamente al ser mismo, el que representa lo que él es independientemente de toda influencia del medio. Otros, que por el contrario admiten esta herencia, creen poder concluir de ello que el ser, en todo lo que es, está enteramente determinado por el medio, que no es nada más que lo que este medio le hace ser, pues tampoco conciben nada fuera del conjunto de los dominios corporal y psíquico. Se trata pues de dos errores opuestos en cierto modo pero que tienen un solo y mismo origen: unos y otros reducen al ser a su sola manifestación individual e ignoran igualmente todo principio transcendente en relación a ésta. Lo que se halla en el fondo de todas estas concepciones modernas del ser humano sigue siendo la idea de la dualidad cartesiana «cuerpo-alma»[2], que, en realidad, equivale pura y simplemente a la dualidad de lo fisiológico y lo psíquico, indebidamente considerada como irreductible, última en alguna medida, y como si comprendiera a todo el ser en sus dos términos, cuando, en realidad, éstos no representan más que los aspectos superficiales y exteriores del ser manifestado, y no son más que simples modalidades que pertenecen a un único grado de existencia, aquel representado por el plano horizontal que hemos considerado, de suerte que el uno no es menos contingente que el otro, mientras que el ser verdadero se encuentra más allá tanto de uno como del otro.

Volviendo a la herencia, debemos decir que no expresa integralmente las influencias del medio sobre el individuo, sino que constituye solo su parte más inmediatamente perceptible; en realidad, estas influencias se extienden mucho más lejos, e incluso podría decirse sin ninguna exageración y de la manera más literalmente exacta, que se extienden indefinidamente en todos los sentidos. En efecto, el medio cósmico, que es el dominio del estado de manifestación considerado, no puede ser concebido más que como un conjunto cuyas partes están todas ligadas entre sí, sin ninguna solución de continuidad, ya que concebirlo de otro modo equivaldría a suponer en él un «vacío» que, al no ser una posibilidad de manifestación, no podría tener ningún lugar en él[3]. Por consecuencia, necesariamente debe haber relaciones, es decir, en el fondo, acciones y reacciones recíprocas, entre todos los seres individuales que están manifestados en ese dominio, ya simultáneamente, ya sucesivamente[4]; del más próximo al más lejano (y esto debe entenderse tanto en el tiempo como en el espacio), no es en suma más que una cuestión de diferencia de proporciones o de grados, de modo que la herencia, cualquiera que pueda ser su importancia relativa en relación a todo lo demás, no aparece aquí más que como un simple caso particular.

En todos los casos, se trate de influencias hereditarias u otras, lo que hemos dicho en primer lugar sigue siendo siempre igualmente verdadero: al estar la situación del ser en el medio determinada en definitiva por su naturaleza propia, los elementos que toma de su ambiente inmediato, y también de aquellos que atrae en cierto modo hacia sí de todo el conjunto indefinido de su dominio de manifestación (y esto, por supuesto, se aplica tanto a los elementos de orden sutil como a los de orden corporal), deben estar necesariamente en correspondencia con esa naturaleza, sin lo cual no podría asimilarlos efectivamente para hacer de ellos otras tantas modificaciones secundarias de sí mismo. En esto consiste la «afinidad» en virtud de la cual el ser, se podría decir, no toma del medio más que lo que es conforme a las posibilidades que lleva en sí mismo, que son las suyas y no las de otro ser, vale decir, no toma más que aquello que, en razón de esta misma conformidad, debe proporcionar las condiciones contingentes que permitan que estas posibilidades se desarrollen o «actualicen» en el curso de su manifestación individual[5].Por otra parte, es evidente que toda relación entre dos seres cualesquiera, para ser real, debe ser forzosamente la expresión de algo que pertenece a la vez a la naturaleza de uno y otro; así, la influencia que un ser parece sufrir desde afuera y recibir de otros, cuando se la considera desde un punto de vista más profundo, no es nunca verdaderamente más que una suerte de traducción, en relación al medio, de una posibilidad inherente a la naturaleza propia de ese mismo ser[6].

Sin embargo, hay un sentido en el que se puede decir que el ser sufre verdaderamente, en su manifestación, la influencia del medio; pero es solo en tanto que esta influencia es considerada en su aspecto negativo, es decir, en tanto que constituye propiamente, para ese ser, una limitación. Esta es una consecuencia inmediata del carácter condicionado de todo estado de manifestación: el ser se encuentra sometido a algunas condiciones que tienen un papel limitativo y que son en primer lugar las condiciones generales que definen el estado considerado, y luego las condiciones específicas que definen el modo particular de manifestación de ese ser en ese estado. Por lo demás, es fácil comprender que, sean cuales fueren las apariencias, la limitación como tal no tiene ninguna existencia positiva, que no es nada más que una restricción que excluye ciertas posibilidades, o una «privación» en relación a lo que así excluye, es decir, de cualquier forma que se quiera expresar, algo puramente negativo.

Por otra parte, debe entenderse que tales condiciones limitativas son esencialmente inherentes a un cierto estado de manifestación, que se aplican exclusivamente a lo que está comprendido en ese estado y que, por consiguiente, de ninguna manera podrían atribuirse al ser mismo y acompañarle a otro estado. Para manifestarse en otro estado, el ser encontrará naturalmente otras condiciones que tendrán un carácter análogo, pero diferentes de aquellas a las que estaba sometido en el estado que hemos considerado en primer lugar, y que de ningún modo podrán ser descritas en términos que convengan únicamente a este último, como los del lenguaje humano, por ejemplo, que no pueden expresar otras condiciones de existencia distintas a las del estado correspondiente, puesto que este lenguaje se encuentra en definitiva determinado y como configurado por estas mismas condiciones. Insistimos en ello porque, si se admite sin mayor dificultad que los elementos sacados del ambiente para entrar en la constitución de la individualidad humana —lo que es propiamente una «fijación» o una «coagulación» de estos elementos—, deben serle restituidos, por «solución», cuando esta individualidad ha terminado su ciclo de existencia y cuando el ser pasa a otro estado, como todo el mundo puede constatar directamente al menos en lo que concierne a los elementos de orden corporal[7], parece menos sencillo admitir, aunque las dos cosas estén no obstante estrechamente ligadas, que el ser sale entonces enteramente de las condiciones a las que estaba sometido en ese estado individual[8]; y esto se debe sin duda, y sobre todo, a la imposibilidad, no ciertamente de concebir, sino de representarse condiciones de existencia completamente diferentes de éstas, y para las que no se podría encontrar en este estado ningún término de comparación.

Una aplicación importante de cuanto acabamos de señalar es la que se refiere al hecho de que un ser individual pertenezca a una cierta especie, tal como la especie humana por ejemplo: evidentemente, hay algo en la naturaleza misma de este ser que ha determinado su nacimiento en esta especie y no en otra[9]; pero, por otra parte, se encuentra desde entonces sometido a las condiciones que expresa la definición misma de la especie, que estarán entre las condiciones específicas de su modo de existencia como individuo; éstos son, se podría decir, los aspectos positivo y negativo de la naturaleza específica, positivo en tanto que dominio de manifestación de algunas posibilidades, negativo en tanto que condición limitativa de existencia. Pero lo que debe comprenderse bien, es que el ser pertenece efectivamente a la especie en cuestión solamente en tanto que individuo manifestado en el estado considerado, y que, en cualquier otro estado, escapa enteramente a su especie sin permanecer unido a ella de ninguna manera. En otros palabras, la consideración de la especie se aplica únicamente en el sentido horizontal, es decir, en el dominio de un cierto estado de existencia; de ninguna manera puede intervenir en el sentido vertical, es decir, cuando el ser pasa a otros estados. Por supuesto, lo que es verdadero a este respecto para la especie lo es también, con mayor razón, para la raza, para la familia, en definitiva, para todas las porciones más o menos restringidas del dominio individual en las que el ser, por las condiciones de su nacimiento, se encuentra inmerso en cuanto a su manifestación en el estado considerado[10].

Para terminar estas consideraciones, diremos algunas palabras del modo en que deberían interpretarse, en base a cuanto se ha dicho hasta aquí, lo que se denominan las «influencias astrales»; en primer lugar, conviene precisar que por esta expresión no debe entenderse exclusivamente, y ni siquiera principalmente, las influencias propias de los astros cuyos nombres sirven para designarlas, aunque estas influencias, como las de todas las cosas, también tengan sin duda su realidad en su orden, sino que esos astros representan, sobre todo simbólicamente — lo que no quiere decir «idealmente» o según una manera de hablar más o menos figurada, sino por el contrario, en virtud de correspondencias efectivas y precisas fundadas sobre la constitución misma del «macrocosmo» — la síntesis de todas las diversas categorías de influencias cósmicas que operan sobre la individualidad, y que en su mayor parte pertenece propiamente al orden sutil. Considerar, como se hace habitualmente, que estas influencias dominan la individualidad, es un punto de vista muy exterior; en un orden más profundo, la verdad es que, si la individualidad está en relación con un conjunto definido de influencias, es porque ese conjunto mismo es el que es conforme a la naturaleza del ser que se manifiesta en esa individualidad. Así, si las «influencias astrales» parecen determinar lo que es el individuo, esto, sin embargo, no es más que la apariencia; en el fondo, no lo determinan, sino solamente lo expresan, en razón del acuerdo o de la armonía que debe existir necesariamente entre el individuo y su medio, y sin el cual ese individuo no podría realizar de ningún modo las posibilidades cuyo desarrollo constituye el curso mismo de su existencia. La verdadera determinación no procede del exterior, sino del propio ser (lo que equivale a decir en suma que, en la formación de la Sal, es el Azufre el principio activo, mientras que el Mercurio no es más que el principio pasivo), y los signos exteriores solo permiten discernirla, dándole de algún modo una expresión sensible, al menos para aquellos que sepan interpretarlos correctamente[11]. De hecho, esta consideración no modifica en nada los resultados que se pueden sacar del examen de las «influencias astrales»; pero, desde el punto de vista doctrinal, nos parece esencial para comprender el verdadero papel de éstas, es decir, en suma, la naturaleza real de las relaciones del ser con el medio en el que se cumple su manifestación individual, puesto que lo que se expresa a través de esas influencias, bajo una forma inteligiblemente coordinada, es la multitud indefinida de los diversos elementos que constituyen este medio en su totalidad. No insistiremos aquí más en ello, pues creemos haber dicho bastante al respecto como para que se comprenda cómo todo ser individual participa en alguna medida de una doble naturaleza, que, según la terminología alquímica, se puede calificar de «sulfurosa» en cuanto al interior y «mercurial» en cuanto al exterior; y es esta doble naturaleza, plenamente realizada y perfectamente equilibrada en el «hombre verdadero», la que hace efectivamente de éste el «Hijo del Cielo y de la Tierra», y la que, al mismo tiempo, le hace apto para cumplir la función de «mediador» entre estos dos polos de la manifestación.

[1] Para la exposición detallada de esta representación geométrica, remitimos como siempre a nuestro estudio sobre Le Symbolisme de la Croix [El Simbolismo de la Cruz].

[2] Decimos aquí «cuerpo-alma» más bien que «cuerpo-espíritu», porque, en realidad, en estos casos es siempre el alma la que se toma abusivamente por el espíritu, quedando éste, en realidad, completamente ignorado.

[3] Cf. Les Etats multiples de l’être [Los estados múltiples del Ser], cap. III.

[4] Esto se refiere al punto de vista que corresponde al sentido horizontal en la representación geométrica; si se consideran las cosas en sentido vertical, esta conexión de todos los seres entre sí aparece como una consecuencia de la unidad principial misma de la que toda existencia procede necesariamente.

[5] Estas condiciones son lo que en ocasiones se llaman «causas ocasionales», pero es evidente que no son causas en el verdadero sentido de la palabra, aun cuando puedan tener esa apariencia cuando uno se queda en el punto de vista más exterior; las verdaderas causas de todo lo que le ocurre a un ser son siempre, en el fondo, las posibilidades inherentes a la naturaleza misma de ese ser, es decir, algo de orden puramente interior.

[6] Cf. cuanto hemos dicho en otra parte, a propósito de las cualificaciones iniciáticas, sobre las enfermedades de origen aparentemente accidental (Aperçus sur l’Initiation [Consideraciones sobre la Iniciación], cap. XIV).

[7] Conviene decir que la muerte corporal no coincide necesariamente con un cambio de estado en el sentido estricto de esta palabra y que puede no representar más que un simple cambio de modalidad en el interior de un mismo estado de existencia individual; pero, guardadas todas las proporciones, las mismas consideraciones se aplican por igual en ambos casos.

[8] O de una parte de estas condiciones cuando se trata solo de un cambio de modalidad, como el paso a una modalidad extracorpórea de la individualidad humana.

[9] Hay que destacar que en sánscrito, la palabra jâti significa a la vez «nacimiento» y «especie» o «naturaleza específica».
[10]Naturalmente, el caso de la casta no representa en absoluto una excepción; por otra parte, esto se advierte con mayor claridad que en cualquier otro caso, si consideramos la definición de casta como la expresión misma de la naturaleza individual (varna) que no es, por así decir, más que una con ésta, lo que indica que ésta existe sólo en tanto que el ser es considerado en los límites de la individualidad, y que, si existe necesariamente en tanto que está contenido en ella, no podría en cambio subsistir más allá de esos mismos límites, pues todo lo que constituye su razón de ser se encuentra exclusivamente en el interior de éstos y no puede ser transpuesto a ningún otro dominio de existencia, donde la naturaleza individual de que se trata no constituye ya ninguna posibilidad.

[11] Por otra parte, este es, de un modo general, el principio de todas las aplicaciones «adivinatorias» de las ciencias tradicionales.

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