ENSEÑANZA TRADICIONAL E IGNAVIA INTELECTUAL 30 julio, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas: ,

Revista de Estudios Tradicionales Nº 16, págs. 7 -18
(Fragmento)

«No tengo nada, absolutamente nada que objetar sobre cuanto escribió René Guénon. Es irrefutable». Este juicio de André Gide[1], autor dotado de un notable sentido crítico y al mismo tiempo de una mentalidad distinta de aquella tradicional, es por cierto sorprendente. Sin duda, A. Gide quedó impresionado por el rigor de las exposiciones doctrinales de Guénon, que durante su estancia en Marruecos un amigo le hizo conocer, como él mismo refiere en su Journal [2]. Aunque seguramente significativo, dicho juicio resultaría en realidad exagerado cuando fuese literalmente referido a todo lo que pudo haber escrito un autor cualquiera, indudablemente falible como individuo humano. Por eso es que, si la obra mencionada por Gide posee un tal carácter irrefutable, ello no puede deberse simplemente a la individualidad de su autor, mas debe proceder en cambio de la verdad supraindividual que se expresa a través de las doctrinas tradicionales, y ante la cual esa individualidad supo hacerse a un lado. […]

Podemos quedarnos sin objeciones, como escribe A. Gide, podemos quedar admirados por la solidez de una serie de argumentaciones o por la construcción de una exposición doctrinal; pero lo que importa es comprender aquello que hace posible el carácter «irrefutable» de esa exposición, es decir llegar de alguna manera a ser partícipes del conocimiento, con respecto al cual la exposición resulta, en el fondo, una manifestación accesoria y una «corteza» que debemos superar. A falta de esto, el contenido de la exposición misma sigue siendo algo abstracto y no determinante para quien entra en contacto con ella; y es precisamente eso que constatamos en el caso de Gide, quien, pese a reconocer por «irrefutables» a las doctrinas tradicionales expuestas por Guénon, en la práctica se rebela contra una efectiva adhesión a ellas, con estas palabras: «Yo no acepto de privarme del placer que pruebo en la maravillosa variedad del mundo, y al fin y al cabo ¿para qué? ¿Para sacrificar mi vida a una abstracción: a la Unidad […]?»[4]. Realmente, no ver otra cosa más que una «abstracción» en lo que se refiere al orden metafísico, constituye la prueba de un impedimento insuperable para la comprensión de todo lo que en las doctrinas tradicionales es esencial, y, en tales condiciones, aun la expresión lógica más rigurosa, compatiblemente con la limitación del dominio discursivo humano, resulta de por sí impotente para encaminar al espíritu, supraracional y supraindividual, del cual debería normalmente ser el «soporte» […]

[1] Cf. el testimonio de Henri Bosco en la «Nouvelle Revue Française», número especial dedicado a A. Gide, 1951.

[2] Cf. A. Gide, Journal, 1942-1949, Éd. Gallimard, pág. 195.

[4] Cf. H. Bosco en la «Nouvelle Revue Française», número citado.

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