ESOTERISMO Y TRADICION 2 agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

Un hecho que no pasa inadvertido a nuestros contemporáneos más perspicaces es que actualmente muchas palabras van perdiendo poco a poco su significado legítimo y original y que muchas otras lo han perdido hace ya bastante tiempo. El uso que se hace corrientemente de estos términos, en lugar de obedecer a una necesidad de orden intelectual, hoy responde tan sólo a las exigencias de una superficial (pero no por esto menos peligrosa) «sugestividad», o bien representa una cómoda aquiescencia a hábitos de los que no se ven motivos para desprenderse, cuando no son, por múltiples razones, deliberadamente sostenidos.

Semejante estado de confusión, que es lingüístico tan solo a nivel de los efectos y cuyas raíces se hunden profundamente en la mentalidad contemporánea, es el primer obstáculo que encuentra en su camino quien quiera intentar un serio intercambio de ideas en cualquier ambiente. En un intercambio de este género, las palabras son el vehículo de las ideas, su soporte sensible si así se puede decir, y es evidente que la ausencia de un entendimiento previo del valor de los términos utilizados debe conducir, inevitablemente y como mínima consecuencia, a malentendidos que después serán siempre difíciles de extirpar.

Los argumentos que nos proponemos tratar, como por otra parte puede verse por el título de la portada, no tocan sino de manera muy tangencial los problemas particulares de la lingüística; sin embargo, creemos oportuno aludir en primer lugar a esta necesidad de transparencia del lenguaje, porque así nos evitaremos de tener que reiterar el porqué de la insistencia con la que nos detendremos a clarificar, toda vez que se nos presente la ocasión, cual es el sentido que damos a algunas palabras en el curso de este breve escrito y a lo largo de los artículos y traducciones que aparecerán en esta revista.

Tal proceso, que se desarrolla gradualmente, se inicia a partir de la desaparición, en un ambiente determinado, de las realidades intelectuales; esto produce un efecto comparable al de la caída de la clave de bóveda de un edificio: permitiendo entonces que la confusión se insinúe en campos cada vez más vastos sin encontrar aquella resistencia que, solamente desde lo alto, habría podido oponérsele.

Por lo tanto no resulta extraño que sean justamente aquellas palabras en otro tiempo más ricas de significado las que lo hayan perdido en primer lugar y más completamente, al contrario ello es perfectamente explicable, y es igualmente evidente que se deba comenzar por restituir precisamente a las mismas su contenido legítimo, si es que de algún modo se quiere contribuir a la búsqueda de aquella claridad que se impone como primer objetivo a cuantos, hoy en día, no quieran dejarse sumergir por el caos que los circunda.

Las palabras que constituyen el título de este artículo introductorio son precisamente dos de las cuales más se ha abusado y cuyo verdadero significado parece haber sido, al menos en el Occidente moderno y desde hace ya varios siglos, completamente olvidado; antes bien, a juzgar por las imágenes que hoy suscitan en nuestros contemporáneos, parece ser que, a partir de una determinada época, una lenta campaña hubiera sido conducida contra ellas. Es verdad que el resultado obtenido ha sido diferente en uno y otro caso, pero es necesario tener en cuenta la disparidad de los contenidos: si bien «tradere», el verbo latino cuya sustantivación ha sido integralmente transportada al italiano [y al español], se puede adaptar a cualquier objeto, incluso de naturaleza exterior, «esoterismo» es ciertamente un vocablo mucho más embarazoso porque, siendo el mismo un término de comparación, su existencia implica otro término de comparación.

Esotérica (o sea interior, escondida) era llamada la enseñanza que algunas escuelas griegas impartían a los discípulos que habían logrado acceder a la misma; esotérica era la doctrina que se transmitía en esos centros intelectuales, y todo lo que traslucía fuera de allí era una adaptación, en este caso filosófica, que venía a asumir respecto a la doctrina interior el papel de un «exoterismo», o sea de algo exterior.

Esta doctrina filosófica, exterior o exotérica, implicaba pues la doctrina y la enseñanza interiores como algo que la producía y garantizaba al mismo tiempo, y a cuyo respecto venía a revestir consecuentemente un papel subordinado; tal vez sea esta una de las razones por la cual, en una época tan superficial como la nuestra, en donde la realidad ha sido reducida a una fantasmagoría de movimiento e imágenes, recuperar un término que evoca algo profundo y realmente esclarecedor resulta, como decíamos, particularmente embarazoso. Antes que nada puede hacer pensar a demasiadas personas que las explicaciones que la ciencia provee de la realidad quizá no sean suficientes, y después, una vez que esta duda haya sido aceptada como válida, puede poner a alguien en la alternativa de buscar algo de lo que se ha dado cuenta que carece, y a algún otro, en la triste condición de tener que reconocer que, por mucho que haga, no tiene nada para ofrecerle.

«Tradición», decíamos, es un término en cambio menos comprometedor: en efecto, si la palabra «esoterismo» prácticamente ha desaparecido del vocabulario -o sólo permanece en los labios de algún excéntrico, cuando no de algo peor aún, en búsqueda de un «éxito» intelectual a bajo precio- todavía se escucha hablar con relativa frecuencia de usos, costumbres y creencias tradicionales. Aparte de que aun en estos casos el adjetivo ha asumido un matiz ambiguo, frecuentemente despreciativo hacia las cosas a las que se aplica, especialmente en su modificación «tradicionalista», por cierto no es de este tipo de tradición que entendemos ocuparnos. La cuestión es que en realidad, y a pesar de las apariencias, dicha palabra, en las acepciones que corresponden a sus significados más profundos y legítimos, vale decir más intelectuales, también ha desaparecido, y salvo raras excepciones, lo que queda de ella es tan sólo una apariencia sonora que se presta para pintar ciertas manifestaciones de senilidad mental aún toleradas, ¡vaya favor!, por el «espíritu progresista» moderno.

Por nuestra parte, lo que nos interesa es la única Tradición verdadera, la cual se halla en estrecha relación con el esoterismo y por ello con la intelectualidad pura. Habíamos aludido al esoterismo de ciertas escuelas griegas, del cual todo lo que se sabe es que ha existido, pero este concepto de una doctrina a cuyas enseñanzas solamente pocos pueden acceder y cuyo último objetivo es el conocimiento cada vez más profundo de la realidad, se hallaba difundido entre todos los pueblos de la antigüedad, inclusive en Occidente, y actualmente se lo conoce todavía en Oriente. Tal restricción de la enseñanza a una élite, poco numerosa por definición, no es ni un capricho ni tanto menos obedece a razones de «predominio» o de «egoísmo», como el sentimentalismo occidental quiere creer toda vez que se encuentra en presencia de un orden jerárquico legítimo y eficiente. Los occidentales modernos, al atribuir a todas las épocas y a todos los pueblos la propia mentalidad y las propias reacciones psicológicas, además de la propia carencia de principios de donde en definitiva derivan todas las demás deficiencias, caen presas del pánico cuando toman contacto con la realidad en una cualquiera de sus manifestaciones, y de muy buena fe, al menos en la mayoría de los casos, encuentran inicuo e ilegítimo el hecho de que no sea bueno para todos aquello que es bueno para algunos. Menos empíricos(mejor dicho para nada empíricos y por consiguiente rigurosamente científicos, para usar otra palabra cuyo sentido normal también fue ampliamente alterado) y extremadamente realistas, los antiguos sabían de las diferencias que existen entre los hombres, y es justamente en esta conciencia de la diversidad de las condiciones por las cuales pasa la humanidad, diferenciándose en el espacio y en el tiempo, que el concepto de Tradición tiene sus raíces profundas.

En efecto, no tendría sentido hablar de algo que se transmite de época en época si no se atribuyera a aquello que estaba al inicio un carácter de superioridad respecto a lo que vendrá después. Y justamente esta realidad guardada en el término Tradición: la existencia de un estado humano originario caracterizado por condiciones intelectualmente distintas de aquellas de las épocas posteriores, donde el hombre se hallaba en relación consciente con la inteligencia cósmica y con su Principio, y la posibilidad, para las individualidades que posean las cualificaciones necesarias, de reconstruirlo efectivamente para sí mismas, remontando de algún modo el ciclo hasta sus orígenes; los medios a utilizar en vista de este objetivo y la doctrina, reflejo mental del estado de orden y de conocimiento que caracterizaba esta época desaparecida, son el contenido de esta transmisión, además del conjunto de las leyes exteriores destinadas a mantener al ambiente y a los seres humanos en armonía con las leyes cósmicas, de las que no son sino una particularización y una aplicación, y las ciencias especiales, también ellas aplicaciones al orden contingente de la doctrina puramente metafísica.

En todas las civilizaciones normales se encuentra esta idea de una incumbencia de importancia primordial para el hombre, que no se puede llevar a cabo sin una ayuda que se remonte, simbólica y literalmente, al mismo origen de la humanidad. La concepción bíblica del Edén no es otra cosa que la representación de esta realidad, y a tal propósito no se podría citar nada simbólicamente más claro que este pasaje de Chuang-Tsu: «… Don del Cielo es la naturaleza recibida con el nacimiento. Le incumbe al hombre, partiendo de lo que sabe, aprender aquello que no sabe; mantener la propia vida hasta que se cumpla el número de años que le fueran asignados por el Cielo sin acortarla por culpa propia. Saber esto, he aquí el apogeo. ¿Y cuál será la norma para comprender estas aserciones cuya verdad no es evidente? ¿En qué se basa la certeza de esta distinción entre lo celeste y lo humano en el hombre?… En las enseñanzas de los “Hombres Verdaderos”. Es de allí que proviene el “Verdadero Conocimiento”».

Ese mismo «Verdadero Conocimiento» que, expresado de distintas formas como consecuencia de una adaptación a las diversas condiciones de tiempo y lugar, se encuentra, como decíamos, en la parte más interna y escondida de todas las civilizaciones tradicionales, custodiado por una élite que lo administra y lo transmite, ateniéndose a leyes cíclicas conocidas por ella, a individualidades que por la propia constitución psicológica y física, están en condiciones de sacar provecho de ello desarrollando las propias virtualidades y restableciendo las propias facultades intelectivas más profundas a fin de devenir a su vez «Hombres Verdaderos» y ponerse en contacto consciente con los Estados superiores del propio ser.

Ciertamente no pretendemos con estas pocas consideraciones, haber dado cuenta en su totalidad de los argumentos que formarán el objeto de nuestros estudios; nuestra única intención fue la de dar una idea de los temas que se tratarán en esta revista y más que nada, de la óptica desde el cual serán tomados en consideración. Se trata de un punto de vista insólito en nuestros días, y es por esta razón que nos ha parecido útil insistir un poco sobre ciertas distinciones lingüísticas: sabemos por experiencia cuán difícil y fatigoso es salir del marco cerrado de los prejuicios y de las opiniones corrientes, la mayoría de las veces intelectualmente insignificantes, y nos damos cuenta de que esta inercia mental se ve particularmente favorecida por la confusión verbal que señalábamos al comienzo.

Es fácil desacreditar doctrinas y puntos de vista, en especial cuando molestan, valiéndose de cuatro palabras bien calibradas y completamente carentes de significado; el único recurso eficaz para prevenir y refutar este método expeditivo, y lamentablemente tan eficaz hoy en día, de… análisis («espíritu crítico» es llamado el móvil de tan particular modo de obrar), consiste en proveer, a quien pueda estar interesado, los elementos para que pueda sacar por sí mismo sus propias conclusiones y juicios. Esto es lo que intentaremos hacer desde estas páginas, presentando traducciones de textos tradicionales, volviendo a publicar artículos aparecidos en otros lugares y que, salvo raras excepciones, el público italiano [y el de habla española] desconoce y, en fin, ilustrando y clarificando dentro de los límites de nuestras posibilidades puntos todavía no tratados, siempre y exclusivamente a la luz de la Doctrina tradicional, fuera de la cual para nosotros toda explicación resulta ilusoria y cualquier tentativa de profundización, vana.

* Artículo publicado en la Revista de Estudios Tradicionales Nº 1, Enero-Junio 2002.

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