JUEGO Y SERIEDAD 9 agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

JUEGO Y SERIEDAD
A. K. Coomaraswamy

El interesante estudio de Kurt Riegler, publicado bajo este mismo título en el número anterior de esta revista, y mi propio artículo Lila, aparecido en «The Journal of the American Oriental Society» (Vol. LXI, 1941), tratan algunos aspectos complementarios de la noción de la actividad lúdica: los puntos de vista convergen y se encuentran en la cita de Heráclito traída por ambos autores.

El interés de Riegler radica principalmente en la distinción entre el mero juego y la seriedad real; el mío, en la indistinción entre juego y trabajo desde un punto de vista más elevado. Según esta última perspectiva, el quid divino que está en nosotros, nuestro verdadero «Sí», o «Alma del alma», es el espectador impasible de las vicisitudes a las cuales se somete el vehículo psicofísico (Maitri Upanishad, II. 7; III. 2, 3etc.), no está claramente «interesado» o involucrado en estas vicisitudes y no las toma seriamente, tal como un espectador que no toma seriamente cuanto le sucede a los personajes de una representación teatral, y si lo hace no podría decirse que está presenciando la representación, sino que está directamente implicado en ella. Cuando Platón afirma muchas veces que los asuntos humanos «no deberían ser tomados seriamente» μεγὰλ ης€μὲν€σπουδἢς oὑκ ἄζια (Leyes 803 B, C, y Apología, 23 A), y cuando se nos recomienda «no pensar en el mañana» (Mateo VI, 34), seguramente se está haciendo referencia a esta nuestra mejor parte, a aquella con la que nos identificamos si «sabemos verdaderamente quienes somos».

Sin embargo, no debemos confundir esta falta de «interés» con lo que comúnmente se entiende por apatía y con la inercia que se supone que debe ser la consecuencia de una tal ataraxia. Todo lo que la apatía implica realmente es una independencia de la motivación «placer-dolor»; ella no excluye, por cierto, ninguna actividad κατὰ φύσιν, sino sólo aquella impuesta por condiciones que no sean de nuestra elección. La apatía es equilibrio espiritual y liberación de los límites inherentes al sentimentalismo. Aun hoy somos conscientes del hecho que un estadista desinteresado gobernará mejor que uno que tenga intereses personales que cuidar; no por nada «la tiranía es una monarquía que sólo tiene por fin el interés personal del monarca» (Aristóteles, Política, III, 5). Todo buen actor es aquel para quien «la obra es lo más importante» y no quien sólo ve en ella una oportunidad de exhibirse. El médico llamará a otro médico para operar a un miembro de su familia precisamente debido a que un extraño estará menos «interesado» en el destino de su mujer o de su hijo y, por lo tanto, mejor cualificado para jugar su partida contra la muerte. «Es contrario a la naturaleza de las artes proponerse un fin que no sea otro que su propio objeto» (Platón, República, 342 B, C).

Los juegos en sí mismos son, para nuestros contemporáneos, «insignificantes». Pero esto es anormal, y si queremos considerar juego y seriedad desde un punto de vista más universalmente humano, debemos recordar que los «juegos», que para nosotros comprenden toda la gama de las competencias atléticas, las exhibiciones acrobáticas, las representaciones teatrales, la prestidigitación, el ajedrez, los juegos de apuestas y gran parte de los juegos corales de la infancia y de aquellos transmitidos por el folklore, todas estas cosas que no son ingenuos retozos, no son meramente ejercicios físicos, espectáculos o entretenimientos que tienen un valor solamente higiénico o atlético; ellos poseen en cambio un preciso significado metafísico. Platón se pregunta: «¿Tenemos que vivir siempre jugando? y si es así, ¿a qué clase de juego debemos dedicarnos?»; y responde: «… a juegos tales como la práctica de los sacrificios, del canto y de la danza, por medio de los cuales podemos obtener el favor de los dioses y vencer a nuestros adversarios» (Leyes, 803 D, E). Aun si la palabra latina «ludus» ha dado origen al adjetivo inglés «ludicrous» (=ridículo), para los romanos significaba en cambio «juegos públicos, competencias, espectáculos, representaciones, que se daban en honor a los Dioses».

En un juego no hay nada que ganar sino «el placer que perfecciona a la acción» y la posibilidad de comprender qué es propiamente un rito; es por ello que jamás debemos jugar de modo descuidado ni como si nuestra vida dependiera de la victoria. El juego implica orden. De un hombre que pretende ignorar las reglas del juego (como podría estar tentado de hacer si para él el resultado fuese lo más importante) decimos que «no está jugando el juego»; si se está tan «interesado» a tal punto que «golpeamos por debajo de la cintura», eso no será un duelo, sino algo más parecido a una tentativa de homicidio. Es cierto que por no hacer trampas se puede perder, pero el verdadero objetivo del juego no es sólo ganar, sino representar una parte, aquella conforme a nuestra naturaleza, y lo único que nos compete es jugar bien, prescindiendo de un resultado que no podemos prever. «Nosotros podemos dominar sólo la acción, pero no los frutos de la acción; por ello, haz que no sea el fruto de la acción lo que te haga actuar y al mismo tiempo no dudes en actuar» (Bhagavad-Gîtâ, II, 47). «Las batallas se pierden con el mismo espíritu con que se ganan» (Whitman); la victoria depende de muchos factores que escapan a nuestro control y no nos corresponde preocuparnos por lo que no es nuestra responsabilidad.

La actividad divina es llamada «juego» precisamente porque se asume que Dios no tiene fines suyos personales que servir; análogamente, nuestra vida puede ser «jugada» y, en la medida en que la parte mejor de nosotros entra en el juego sin pertenecer al juego, nuestra vida deviene un juego. En este punto no hacemos más distinción entre juego y trabajo.


«Play and seriousness», publicado The Journal of Philosophy, vol. XXXIX, nº 20, del 24 de julio de 1942.

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