PLATÓN – MENON 14 agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS, RESEÑAS – Etiquetas: , , ,

En su artículo «Conócete a ti mismo», R. Guénon, refiriéndose al sentido de esta máxima socrática dice que la misma «significa ante todo que ninguna enseñanza exotérica puede proveer aquel conocimiento real que el hombre debe buscar solamente en sí mismo, porque no puede alcanzarse ningún conocimiento sino por una comprensión personal.

»Sin esta comprensión, ninguna enseñanza puede desembocar en un resultado eficaz, y la enseñanza que no despierta en quien la recibe una resonancia personal no puede procurar ninguna clase de conocimiento. Es por este motivo que Platón dice “todo aquello que el hombre aprende ya está en él”. Todas las experiencias y todo lo que lo circunda no son sino ocasiones para ayudarle a tomar conocimiento de aquello que está dentro de sí. Este despertar es llamado por Platón anamnesis, que precisamente significa “reminiscencia”».

También en otros artículos el autor hace referencia a este «despertar», como por ejemplo cuando en «La iniciación y los oficios», señalando la «diferencia fundamental que separa la enseñanza iniciática de aquella profana», dice que «lo que es simplemente “aprendido” exteriormente carece de valor en este terreno, dado que aquello de lo que se trata es de “despertar” las posibilidades latentes que el ser lleva en sí mismo (en el fondo, este es el verdadero significado de la “reminiscencia” platónica)».

El siguiente fragmento platónico es uno de aquellos en los cuales se hace alusión precisamente al concepto de «reminiscencia».


MENÓN
Fragmento acerca de la «reminiscencia»
Platón

[…]
SÓC. –– […] Y ahora, «qué es la virtud», tampoco yo lo sé; pero tú, en cambio, tal vez sí lo sabías antes de ponerte en contacto conmigo, aunque en este momento asemejes a quien no lo sabe. No obstante, quiero investigar contigo e indagar qué es ella.

MEN. ––¿Y de qué manera buscarás, Sócrates, aquello que ignoras totalmente qué es? ¿Cuál de las cosas que ignoras vas a proponerte como objeto de tu búsqueda? Porque si dieras efectiva y ciertamente con ella, ¿cómo advertirás, en efecto, que es ésa que buscas, desde el momento que no la conocías?

SÓC. ––Comprendo lo que quieres decir, Menón. ¿Te das cuenta del argumento erístico que empiezas a entretejer: que no le es posible a nadie buscar ni lo que sabe ni lo que no sabe? Pues ni podría buscar lo que sabe ––puesto que ya lo sabe, y no hay necesidad alguna entonces de búsqueda––, ni tampoco lo que no sabe ––puesto que, en tal caso, ni sabe lo que ha de buscar––.

MEN. ––¿No te parece, Sócrates, que ese razonamiento está correctamente hecho?

SÓC. –– A mí no.

MEN. –– ¿Podrías decir por qué?

SÓC. –– Sí. Lo he oído, en efecto, de hombres y mujeres sabios en asuntos divinos….

MEN. –– ¿Qué es lo que dicen?

SÓC. –– Entiendo que hablaron de una gran verdad.

MEN. ––¿Y cuál es, y quiénes la dijeron?

SÓC. –– Los que la han dicho son aquellos sacerdotes y sacerdotisas que se han ocupado de ser capaces de justificar el objeto de su ministerio. Pero también lo dice Píndaro y muchos otros de los poetas divinamente inspirados. Y las cosas que dicen son éstas ––y tú pon atención si te parece que dicen verdad––: afirman, en efecto, que el alma del hombre es inmortal, y que a veces termina de vivir ––lo que llaman morir––, a veces vuelve a renacer, pero no perece jamás. Y es por eso por lo que es necesario llevar la vida con la máxima santidad, porque de quienes…

Perséfone el pago de antigua condena
haya recibido, hacia el alto sol en el noveno año
el alma de ellos devuelve nuevamente,
de las que reyes ilustres
y varones plenos de fuerza y en sabiduría insignes surgirán.
Y para el resto de los tiempos héroes sin mácula por los hombres serán llamados.

El alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto efectivamente todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades, no hay nada que no haya aprendido; de modo que no hay de qué asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino el resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando, pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa ––eso que los hombres llaman aprender––, encuentre él mismo todas las demás, si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia.

»No debemos, en consecuencia, dejarnos persuadir por ese argumento erístico. Nos volvería indolentes, y es propio de los débiles escuchar lo agradable; este otro, por el contrario, nos hace laboriosos e indagadores. Y porque confío en que es verdadero, quiero buscar contigo en qué consiste la virtud.

MEN. ––Sí, Sócrates, pero ¿cómo es que dices eso de que no aprendemos, sino que lo que denominamos aprender es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que es así?

SÓC. –– Ya te dije poco antes, Menón, que eres taimado; ahora preguntas si puedo enseñarte yo, que estoy afirmando que no hay enseñanza, sino reminiscencia, evidentemente para hacerme en seguida caer en contradicción conmigo mismo.

MEN. –– ¡No, por Zeus, Sócrates! No lo dije con esa intención, sino por costumbre. Pero, si de algún modo puedes mostrarme que en efecto es así como dices, muéstramelo.

SÓC. –– ¡Pero no es fácil! Sin embargo, por ti estoy dispuesto a empeñarme. Llámame a uno de tus numerosos servidores que están aquí, al que quieras, para que pueda demostrártelo con él.

[…]

SÓC. –– ¿Qué te parece, Menón? ¿Ha contestado él con alguna opinión que no le sea propia?

MEN. –– No, con las suyas.

SÓC. –– Y, sin embargo, como dijimos hace poco, antes no sabía.

MEN. –– Es verdad.

SÓC. –– Estas opiniones, entonces, estaban en él, ¿o no?

MEN. –– Sí.

SÓC. –– Por lo tanto, ¿puede el que no sabe, así y todo, tener nociones verdaderas, acerca de las cosas que efectivamente no sabe?

MEN. –– Parece.

SÓC. –– Y estas nociones ahora acaban de despertarse ahora en él, como en un sueño, pero si uno le siguiera interrogando con frecuencia sobre esas mismas cosas, y de maneras diferentes, ¿las acabaría conociendo con exactitud, tal como cualquier otro?

MEN. –– Posiblemente.

SÓC. –– Entonces, ¿sin que nadie le enseñe, sino sólo preguntándole, llegará él a conocer, recuperando él mismo de sí mismo el conocimiento?

MEN. –– Sí.

SÓC. –– ¿Y este recuperar uno el conocimiento de sí mismo, no es recordar?

MEN. –– Por supuesto.

SÓC. –– Y este conocimiento que ahora tiene, ¿no es cierto que o lo adquirió alguna vez o siempre lo tuvo?

MEN. –– Sí.

SÓC. ––Pero si siempre lo tuvo, entonces siempre lo hubiera sabido; pero si, en cambio, lo adquirió alguna vez, no será por cierto en esta vida donde lo ha adquirido, a menos que se le haya enseñado geometría. Porque éste se ha de comportar de la misma manera con cualquier geometría y con todas las demás disciplinas. ¿Le ha enseñado alguien alguna vez todo esto? Tú tendrías, naturalmente, que saberlo, puesto que nació en tu casa y en ella se ha criado.

MEN. –– Sé muy bien que nadie le ha enseñado nunca.

SÓC. –– ¿Pero sin embargo tiene estas nociones?

MEN. –– Indudablemente las tiene, Sócrates.

SÓC. ––Pero si no las adquirió en esta vida, entonces debe haberlas aprendido en otro momento.

MEN. –– Parece.

SÓC. –– ¿Y no debe haber sido ese momento el tiempo en que él no era todavía un hombre?

MEN. –– Sí.

SÓC. –– Si pues, tanto en el tiempo en que es hombre, como en el que no lo es, hay en él nociones verdaderas, que solo necesitan ser despertadas mediante la interrogación para convertirse en conocimientos, ¿no habrá poseído su alma, siempre [en «el tiempo que siempre dura»], el saber? Puesto que es evidente, en efecto, que él fue o no fue un ser humano.

MEN. –– Evidentemente.

SÓC. –– Por tanto, si siempre la verdad de las cosas está en nuestra alma, ella habrá de ser inmortal. De modo que es necesario que lo que ahora no conozcas ––es decir, no recuerdes–– te pongas valerosamente a buscarlo y a recordarlo. […]

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