ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE |
Franco Peregrino
|
|
Denys Roman fue el seudónimo usado por Marcel Maugy (1901-1986) en todos sus escritos, el primero de los cuales, redactado por sugerencia de René Guénon, apareció publicado en Études Traditionnelles en 1950. Unos años antes M. Maugy había sido iniciado en la Logia «La Grande Triade» ². El verificarse de tales eventos estuvo precedido por un largo período de intenso «trabajo preparatorio» (de 1926 a 1946), durante el cual M. Maugy maduró, si bien dentro de ciertos límites de comprensión como él mismo honestamente reconoce ³, una adhesión incondicional a los contenidos de la obra de René Guénon. Desde entonces siguió, aunque con dos significativos paréntesis, prestando preferentemente su colaboración, en forma de artículos y reseñas, a la revista Études Traditionnelles, ocupándose en general de temas atinentes a la Masonería, de la que indudablemente poseía un amplio conocimiento. A pesar de que los libros de D. Roman no sean recientes, pensamos que valga igualmente la pena tomarlos en consideración aquí, puesto que será una ocasión para llamar la atención de los lectores sobre diversos puntos relativos a la vía iniciática masónica ahí tocados, y por cierto, con una seriedad y competencia poco comunes. |
|
[...] Después de haber recordado que la escuela pitagórica hacía corresponder a cada punta del Pentalpha una letra del término griego equivalente al italiano salute [salud] (que encierra una clara referencia a la armonía), D. Roman refiere en una nota, que «los Fieles de Amor tenían, en su tercer grado, un rito que llamaban saluto o salute. Es bastante curioso que estas dos palabras, saludo y salud, se vuelvan a encontrar formando los dos elementos esenciales del ritual del "ágape masónico" [Loge de table]. Además, parece que el número de los brindis (salute) a realizar, que ha variado mucho en el transcurso del tiempo, deba limitarse regularmente a cinco; entre las logias anglosajonas es habitual, en el último brindis, servirse de una fórmula que se remonta a tiempos remotos, en la que se evoca el "regreso al país natío". Todo lo que sucede posteriormente es considerado por igual como "extra-masónico", como si con este regreso se quisiera dar a entender que los "objetivos de la Masonería" hubiesen sido alcanzados». Nos permitiremos agregar que hay otra expresión ritual propia de la Masonería anglosajona, que menciona R. Guénon (cf. Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo 1, pág. 250): «viajar por países extranjeros» (to travel in foreign countries). Ambas fórmulas se refieren al conocido simbolismo del viaje, y en esta óptica nos viene a las mientes que la indicación de dicho brindis podría estar dirigida a despertar la decisión de llevar a término el cometido iniciático (el «viaje»); lo que comporta necesariamente una inversión radical de la propia dirección (el «regreso»), abandonando de una vez el recorrido de la «rueda de las cosas» (los «países extranjeros»); se puede de esta manera inferir que el recorrido de la «rueda de las cosas», para asumir el verdadero significado de conocimiento que le compete, debe estar encaminado a hacer pasar de la perisferia al centro mismo de dicha rueda (el «país natío») [1] Por otra parte, hay una «lecture» inglesa, del tercer grado, que se refiere a tal cambio de dirección: «[So] that he [el masón] might perfect himself in Masonry, so as to travel into foreign countries and work and receive wages as a Master Mason». También nos parece digna de nota la consideración que, en la pág. 73, se refiere al uso de la palabra «lluvia» en Masonería. Según D. Roman, «la expresión “Llueve en el Templo”, proferida cuando el candidato llama en “modo irregular” a la puerta, se explica sobre todo por el hecho de que el “Cuadro de Logia” (y en particular el pavimento de mosaico) representa la “Tierra Santa” (Holy ground), como sustituto del Paraíso terrestre, y que en el jardín del Edén está dicho que no llueve nunca». Es posible que la combinación entre «cuadro de logia» y «pavimento de mosaico» derive, por adaptación, de la antigua «plancha de trazar», utilizada para trazar los planos, la cual, según algunos indicios estaba subdividida en cuadrados regulares [2]. Será pues a partir de esta serie de líneas principales que tomará forma la entera obra (aquí representada por el «cuadro de logia»), de manera análoga a cuanto ocurre en el ámbito del arte del tejido con el entrelazarse de la trama con la urdimbre. Igualmente interesante, para los lectores, será hallar expuestas, en esta obra, algunas indicaciones de René Guénon relativas a los rituales masónicos, que D. Roman ha considerado oportuno referir públicamente. Así, en la pág. 183, nos enteramos de que, para Guénon, «era perfectamente legítimo introducir elementos rituales, de certificado carácter tradicional, aun en el caso de que ellos proviniesen de otros Ritos, distintos de aquél en el que se trabajaba». Por ejemplo, «recomendaba reemplazar la fórmula francesa "A la gloria del G. A. D. U." por la inglesa "En el nombre del G. A. D. U." [...]. Además, consideraba preferible trabajar, en el segundo grado, en el nombre del "Gran Geómetra del Universo" y en el tercero en el del "Altísimo". También aconsejaba adoptar de los rituales ingleses las “Lectures”, que son “instrucciones” mucho más desarrolladas que los “catecismos” franceses: ellas comportan siete secciones para el primer grado, cinco para el segundo y tres para el tercero; bajo forma de preguntas y respuestas, constituyen comentarios a propósito de los símbolos y también de algunos pasajes de la Biblia. Guénon sugería, sin embargo, que su carácter moralizante fuese suprimido en pro de su significado iniciático». Con todo, esto no significa que sea posible intercalar indiferentemente cualquier elemento perteneciente a un Rito en otro Rito: por el contrario, Guénon sostenía que «hay que conservar rigurosamente las “características” [del propio Rito] es decir, los signos, las palabras sagradas, los pasos, las edades simbólicas, las baterías y otras cosas enumeradas en los “tuileurs”». En realidad, no hay olvidar que estas indicaciones de Guénon estaban destinadas a un caso muy específico, sobre el que ejercía una acción constante de vigilancia, capaz de asegurar la ortodoxia de la adaptación. Por eso, no creemos que sea cosa que otros, basándose en los pocos datos aislados que se encuentran en el libro de D. Roman, y careciendo de una conciencia efectiva de lo que implica la armonía de un ritual, se apresuren, llevados por el entusiasmo, a proponer modificaciones en los rituales usados en la propia logia. Con respecto de esto convendrá recordar aquí lo que R. Guénon decía en el Cáp. V de Consideraciones sobre la iniciación, y que con toda probabilidad D. Roman consideraba familiar al lector cuando redactó su obra: «Añadiremos, además, como otra consecuencia de lo que precede, que, cuando se trata de una organización auténticamente iniciática, sus miembros no tienen el poder de cambiar las formas a su antojo o de alterarlas en lo que ellas tienen de esencial; ello no excluye ciertas posibilidades de adaptación a las circunstancias, las cuales por otra parte en lugar de derivar de la voluntad de los individuos más bien se le imponen y que, en todo caso, se ven limitadas por la condición de no afectar a los medios con los que se asegura la conservación y transmisión de la influencia espiritual de la que es depositaria la organización considerada; si dicha condición no fuese observada, se produciría una verdadera ruptura con la tradición, que haría perder su "regularidad" a esta organización. Además, una organización iniciática no puede incorporar válidamente a sus ritos elementos tomados de formas tradicionales distintas de aquella con arreglo a la cual está regularmente constituida; tales elementos, cuya adopción tendría un carácter del todo artificial, no representarían más que simples fantasías redundantes, sin eficacia alguna desde el punto de vista iniciático y que por consiguiente no agregarían absolutamente nada que fuese real, no obstante lo cual su presencia no podría dejar de constituir, en razón de su heterogeneidad, una causa de confusión y de desarmonía; [...]. Las leyes que presiden el manejo de las influencias espirituales son, por otra parte, algo demasiado complejo y delicado como para que los que no tengan un conocimiento suficiente de ellas puedan permitirse impunemente aportar modificaciones más o menos arbitrarias a unas formas rituales donde todo tiene su razón de ser, y cuyo exacto alcance corre el riesgo de escapárseles» [la cursiva es nuestra]. [...] Otro punto que a nuestro ver podría ocasionar alguna confusión es el que se toca en la pág. 166 (nota 49) de la obra que estamos examinando [3], donde se lee: «De conformidad con la costumbre de muchos Masones franceses, el autor [J. Corneloup] llama "trabajos" a esas discusiones que se desarrollan en Logia [sobre un determinado tema]. En realidad -dice Roman- el verdadero trabajo iniciático consiste en la ejecución del ritual» [la cursiva es nuestra]. La afirmación de D. Roman, en su concisión, tal vez podría inducir a alguien a pensar que la metodología iniciática practicada en las Obediencias anglosajonas (la que se limita casi exclusivamente a una rigurosa ejecución del «ritual») sea preferible a esa otra propia de las Obediencias latinas. Pero que esto no sea del todo conforme al pensamiento de Roman es algo que puede verse claramente en la pág. 181, cuando él vuelve sobre el argumento, refiriéndose de una manera u otra justamente a este aspecto de la cuestión. Considerando, además, lo que dice nuestro autor a propósito de la orientacion que normalmente siguen las temáticas puestas en discusión, se puede colegir que dicha toma de posición tienda sobre todo a destacar la inadecuación del punto de vista solamente «especulativo» en el campo iniciático. En efecto, es evidente que el hecho de limitarse a una visión puramente teórica de la iniciación no podrá conducir de un solo paso más allá de la iniciación «virtual» recibida, siempre y cuando no constituya incluso el presupuesto para abandonarse a elecciones de otro tipo que con la iniciación ya no tienen nada que ver. Por este motivo, justamente, René Guénon se ocupa de explicar (en Aperçus sur l’initiation, págs. 196-197) «[...]que el “pensamiento”, cultivado espontáneamente, no podría de ningún modo ser el objeto de una organización iniciática como tal; ésta última no es absolutamente una agrupación donde haya que “filosofar” o entregarse a discusiones “académicas”, ni a cualquier otro tipo de actividad profana. La “especulación” filosófica, cuando se introduce aquí, resulta ya una verdadera desviación, mientras que la “especulación” referida al dominio iniciático, cuando se limita a sí misma en lugar de ser, como normalmente debería, una simple preparación al trabajo “operativo”, constituye solamente esa disminución de que antes hemos hablado» [la cursiva es nuestra]. Ahora, el hecho de aplicarse a llevar a efecto lo que nos ha sido conferido sólo virtualmente, exige de nuestra parte la intención de llevar a cabo un «trabajo» personal que, comenzando por el «despojamiento» de toda imperfección y limitación «profanas» que traemos puestas, nos permita a acceder posteriormente al verdadero secreto iniciático, para lo cual la forma iniciática nos pone a disposición una serie de medios que constituyen todo aquello de lo que es posible disponer de fuera en vista de sostener la consecución de tal meta. El conjunto de estos medios, del que, sin ser los únicos, forman parte los ritos y los símbolos, constituye el soporte de la enseñanza iniciática, cuya única razón de ser es la de apoyar y guiar el «trabajo» necesariamente personal de cada uno, «y en esto exclusivamente -advierte Guénon (Ibidem, pág. 199)- puede consistir el lado exterior y colectivo de un verdadero "trabajo" iniciático, si se lo entiende efectivamente en su significado legítimo y normal» [la cursiva es nuestra]. Debemos concluir, por lo tanto, que el aspecto exterior no es ni puede ser otra cosa más que una preparación encaminada a facilitar el aspecto puramente interior y personal de tal «trabajo»; preparación, agregamos, que puede sin embargo asumir también el caracter mucho más importante y calificado de una verdadera ayuda (Guénon habla a propósito de esto de «colaboración» de la influencia espiritual) cuando dicho «trabajo», y la correcta actitud que debe caracterizarlo, se den efectivamente. A estas alturas pensamos que la cuestión que ha motivado las presentes reflexiones pueda considerarse resuelta en este sentido: todo lo que sucede en la Logia, a condición que esté destinado a facilitar la «realización», debe ser considerado como una preparación para el «trabajo» personal y, en consecuencia, parafraseando lo que dice R. Guénon en la pág. 201 de la ob. cit., también las consideraciones teóricas tienen concreto valor como trabajo propiamente iniciático cuando se las entienda de esta manera; las cuales no implican sólo los temas planteados sino incluso la sucesiva dsicusión que de ellos se hace, dado que esta última es una ocasión para insitar a cada a liberarse de esos vicios (uno de los cuales, y no el último ni el menos nocivo, es el «espíritu sistemático») que impiden una correcta comprensión intelectual. Y, a decir verdad, todavía hay que considerar que una tal preparación no puede confinarse a lo que sucede dentro del templo, por más que ello sea fundamental, sino que debe extenderse a las diversas oportunidades en las que, fuera de éste, se verifiquen reuniones entre iniciados, en el curso de las cuales, y de las maneras más disimiles se lleve a cabo un intercambio atinente a la enseñanza iniciática. En la óptica del «trabajo» interior de cada iniciado hay que agregar, además, que cualquier circunstancia, en cualquier momento, puede constituir una oportunidad propicia para el propio desarrollo espiritual, y eso en virtud del punto de vista «operativo» que éste habrá podido alcanzar si supo aprovechar cumplidamente de esa particular preparación que es el «trabajo» iniciático colectivo. Esperamos que estas consideraciones sean interpretadas en el sentido que únicamente quisimos darles, que es el de evitar interpretaciones simplistas respecto a lo que se debe ser entender por «trabajo» iniciático; y, dado que por nuestra parte hemos insistido especialmente sobre la múltiple variedad de los medios que, por fuerza, deben entrar en juego en este caso, pensamos que cuanto hemos dicho resulte en cierto modo complementario a las palabras de Denys Roman, las cuales por su parte apuntaban a destacar un aspecto específico de tal «trabajo», aspecto cuya importancia por otro lado no admite duda alguna, máxime si se tiene en cuenta lo que a este respecto escribe R. Guénon; quien, conviene recordarlo, en la pág. 238 de la ob. cit., sostiene que «la meditación sobre los símbolos, en ciertas condiciones, [puede asumir] el carácter de un verdadero rito, y de un rito que, esta vez, ya no confiere solamente la iniciación virtual, sino que permite alcanzar un grado más o menos avanzado de iniciación efectiva». [...] La obra de D. Roman se revelará, para el lector atento que sepa perseverar en la puesta en acto de las frecuentes transposiciones ahí requeridas, una lectura fructuosa; ella le permitirá acceder a ciertas nociones metafísicas a veces de difícil comprensión por vías directas, en la perspectiva de una aplicación cosmológica propia del Arte Real; a través suyo, aparecerá, no sólo la sorprendente erudición (esto es el vasto bagaje de nociones) del autor (que, como él bien sabía, en el fondo no es más que la «escoria» del Conocimiento), sino también su profundo e indefectible apego a la Orden masónica; y además su propensión por el simbolismo -lenguaje universal y soporte privilegiado de la iniciación- , así como su sentido innato del rito y de lo sagrado»♦
|
¹ Extractos del artículo publicado en la Revista de Estudios Tradicionales a lo largo de los números 9, 10 y 11. Este artículo hace referencia a las dos obras de D. Román: René Guénon y los destinos de la Francmasonería (Ed. de l’ Oeuvre, 1982; Ed. Traditionnelles, 1995) y la recopilación póstuma Reflexiones de un cristiano sobre la Franc-Masonería, (Ed. Traditionnelles, 1995), completada por A. Bachelet. ² Se trataba de una Logia muy especial, constituida en 1947 con la precisa finalidad de orientar los propios «trabajos» según las indicaciones contenidas en la obra de R. Guénon en general y en particular las que componen su libro Consideraciones sobre la iniciación. A este respecto, es notorio que R. Guénon escribía entonces en una carta: «Estoy satisfecho de este resultado que me da ahora la certeza de que el trabajo realizado y al cual he dedicado toda mi vida no se perderá». Fue en el seno de dicho «taller» que D. Roman recibió el importante encargo de preparar un ritual más especialmente adecuado para dicha finalidad, en directa relación y bajo la estricta vigilancia de R. Guénon, motivo por el cual tuvo ocasión de intercambiar una nutrida correspondencia con este último, correspondencia que continuó hasta el momento de su desaparición. ³ En efecto, en una carta de 1977, D. Roman escribía: «Hoy día reconozco que algunos puntos de la doctrina expuesta por Guénon siguen siendo para mí incomprensibles, mientras que al contrario otros puntos de su "mensaje" representaron para mí una especie de iluminación». Cf. D. Román, Réflexions d´un Chrétien sur la Franc-Maçonnerie, pág. 11.
[1] A propósito del simbolismo del viaje véase el cap. 7, «A propos des Pélerinages», incluido en la obra póstuma de René Guénon, Études sur la Franc--Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo 1; concluyendo dicho capítulo, Guénon escribía (pág. 60): «el conocimiento de los "pequeños misterios", que es el conocimiento de las leyes del "devenir", se obtiene recorriendo la "rueda de las cosas"; pero el conocimiento de los "grandes misterios", que es el de los principios inmutables, exige la contemplación inmóvil en la "gran soledad", en el punto fijo que constituye el centro de la rueda, el polo invariable alrededor del cual se cumplen, sin que éste participe, las revoluciones del Universo manifestado». A partir de estas breves afirmaciones y su sibilina yuxtaposición deducimos que, a falta de la tendencia «centralizante», constituida por la influencia de los «grandes misterios» sobre los «pequeños misterios», el recorrido de la «rueda de las cosas» perdería toda su connotación iniciática y su virtud cognoscitiva en el recto sentido. Lo que expresa veladamente Guénon aquí es, en nuestra opinión, el proceso de paso (necesariamente penoso para el individuo humano) de un punto de vista «analítico» a un punto de vista «sintético», único vehículo de verdadero conocimiento. Otra alusión a esta importancia del «viaje», desde una perspectiva iniciática, la hemos encontrado en una misiva de R. Guénon a A. K. Coomaraswamy. La carta es del 4 de junio de 1938 y el pasaje al cual queremos referimos es el siguiente: «Gracias por su artículo sobre "The Pilgrim’s way", que acabo de recibir; tal cuestión del simbolismo del viaje es otra cosa extremamente importante, y parece en efecto que ella se encuentre en todas las formas tradicionales. A este respecto, en el ritual masónico inglés hay una fórmula muy significativa: "That I may travel in foreign countries"; estos "países extranjeros" son interpretados como los "otros" mundos, los estados que se hallan más allá de la esfera sensible». [2] Esta solución nos ha sido sugerida por lo que Purdon Clarke refiere que ocurría en Persia, entre los constructores, todavía a comienzos del siglo XX: para trazar sus planos el arquitecto utilizaba una «plancha de trazar» que justamente tenía la característica de ser cuadriculada, y en la que cada uno de estos cuadrados regulares representaba una determinada cantidad de ladrillos. Señalamos que las observaciones de P. Clarke provienen de cuanto éste logró estudiar personalmente durante un viaje realizado en Oriente. Transcribimos estas noticias de la extensa cita hecha por R.-F. Gould en su libro Histoire abrégée de la Franc-Maçonnerie (pág. 420). Hay que tener en cuenta, además, que a comienzos del siglo XVIII la forma de la Logia se trazaba en el pavimento de la sala por medio de yeso, carbón y arcilla, en modo tal de delimitar un «espacio sagrado», donde se conferían las iniciaciones y en torno del cual se supone que debían realizarse las «circumambulaciones». Andando el tiempo esta operación fue sustituida por la colocación del actual «cuadro de logia» sobre el «pavimento de mosaico». [3] N. del T.: René Guénon et les destins de la Franc-Maçonnerie. |