SOBRE LA HERMANDAD 31 julio, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

Considerando en qué medida desde siempre vienen siendo puestos de relieve los méritos de la hermandad entre la mayor parte de las organizaciones iniciáticas, quizás no resulte ocioso dedicar al respecto algunas palabras a fin de tratar de establecer cuales son las razones que, mas allá de cualquier apariencia, pueden hallarse a la raíz de este hecho. Ante todo, es necesario aclarar que hemos elegido enfocar la cuestión desde la óptica particular de las formas iniciáticas occidentales, de manera que la exposición pueda resultar más accesible a la mayoría de los lectores o incluso más o menos familiar a una parte de los mismos, lo cual no quiere decir sin embargo que, allí donde lo consideremos necesario, no podamos recurrir a datos de fuente oriental, como en efecto haremos en más de una oportunidad, para así ilustrar más acabadamente nuestra argumentación.

Por consiguiente, comenzaremos diciendo que, en lo que se refiere a la tradición francmasónica, es posible descubrir, más o menos velada dentro del conjunto de normas de los Antiguos Deberes, una indicación que resulta de capital importancia a los efectos de nuestra pesquisa: allí se afirma categóricamente que «el amor fraternal [constituye] la piedra fundamental y de bóveda, el cemento y la gloria de esta antigua Hermandad» [1].

Esta formulación, tan concisa y cabal, refleja notablemente la doctrina tradicional, bien que aplicada de manera especial al ámbito del arte de construir propio de la Masonería operativa. La terminología que allí se emplea posee un carácter específicamente técnico que, en el caso de los antiguos operativos, no podía menos que evocar de inmediato una serie de nociones ligadas con el ejercicio de la profesión, al mismo tiempo particularmente susceptibles, al menos para quienes estaban debidamente cualificados, de una transposición igualmente «técnica» al arte de la vida.

Ahora bien, es evidente que el alcance que viene atribuido al amor fraternal cuando se lo equipara con la «piedra fundamental» no puede ser el mismo que éste asume cuando se lo asimila a la «piedra» o «clave de bóveda», mediando entre ambos casos toda la distancia que separa a la «efectividad» de la «virtualidad». En realidad y desde un cierto punto de vista, tal discriminación no hace más que subrayar el interés primario que reviste el amor fraternal en esta vía, incitando a perseguir su desarrollo desde el mismo comienzo y a lo largo de todo el trayecto de la vía iniciática, dado que el francmasón está llamado a esforzarse por construir en sí mismo el espíritu de hermandad a fin de actualizar, en última instancia, la posibilidad de llegar a establecerse en la «perfecta unión». No cabe duda alguna, además, de que un entrenamiento mental y de comportamiento dirigido a privilegiar en todo momento el espíritu de hermandad por sobre los intereses egoísticos actúa como «cemento» o ligamento entre los varios componentes de la organización iniciática, consolidando la cohesión del vínculo fraterno en mayor o menor medida según sea el grado de madurez alcanzado en cada caso [2].

Se trata, en resumidas cuentas, de un proceso del todo interior, que no puede corresponder sino a una práctica metódica orientada hacia la realización iniciática. Con respecto a esto, conviene recordar que los Antiguos Deberes establecen una cierta regla de vida, a través de la cual se requiere, entre otras cosas, que «se eviten todas las contiendas y discordias, todas las murmuraciones y calumnias, no consintiendo la difamación de cualquier honesto hermano sino, por el contrario, defendiendo su carácter y dedicándole los mejores oficios, en la medida que lo consienta vuestro corazón y seguridad» [3].

Pero, más allá de las normas transmitidas por escrito en aquellos documentos que han llegado hasta nosotros y que hoy día ya es posible consultar en diversas recopilaciones, los Antiguos Deberes contienen también una expresa referencia a «deberes» comunicables «por otros medios», lo que parece aludir a algo mayormente adecuado al carácter estrictamente «reservado» y personal que reviste un método de realización iniciática, del cual a lo sumo pueden aparecer al exterior, cristalizadas en un escrito, únicamente indicaciones genéricas y que, por lo tanto, pueden ser consideradas de algún modo como relativamente exotéricas.

A fin de ilustrar mejor este punto, siendo que entre las formas iniciáticas orientales es posible hallar mayores y más detalladas especificaciones, será oportuno transcribir algunos pasajes extraídos de textos sufíes debidos a la autoridad tradicional de los Shuyukh Muhammad at-Tâdilî y Jâlal-ud-dîn Rûmî.

«Las cualidades propias del carácter del Sûfî ―dice el Sheikh at-Tâdilî― hacen que, ante tu irritación, aquél te responda con la ecuanimidad […]. También lo llevan a perdonar a quien lo agravia, a esforzarse por reanudar las relaciones de amistad con aquel que las ha interrumpido, a complacer las solicitudes de quien ha rehusado satisfacer las suyas […].»

La amistad obliga a la sinceridad entre iniciados, tanto exteriormente como en el propio fuero interior, de acuerdo con la máxima: “Cuando os encontréis en compañía de los Sufíes, comportáos con sinceridad, porqué ellos son los testigos de los corazones. Debéis saber que los Sufíes entran y salen de vuestros corazones de una manera para vosotros imprevisible”. En efecto, tú eres el espejo de tus hermanos: ellos ven en este espejo todo cuanto se encuentra profundamente escondido […] y hay un adagio que dice: “Nadie disimula una cosa sin que ella se transparente en su semblante o en las palabras que se le escapan”[…] Mas los Sufíes se hallan al abrigo de toda hipocresía, porque han revestido el manto de la pureza y es justamente por ello que se llaman así […].»

La amistad implica la modestia (en las relaciones) entre hermanos, el control de los ímpetus propios del carácter de cada uno, la convicción de ser menos que los otros hermanos […] Esta amistad lleva a ignorar los pasos en falso de los hermanos, a disimular sus defectos, […] a encontrarles todas las justificaciones posibles, poniendo en práctica la máxima súfica que dice así: “Encuentra setenta excusas para tu hermano y cuando no fueras capaz de hacerlo, entonces vuélvete con sospecha hacia tu alma [nafs] y dile: lo que ves en tu hermano es cuanto se halla escondido dentro de ti” […]» [4].

Este mismo concepto aparece, algo más desarrollado, en el texto de Rûmî: «Si algo te choca en el proceder de tu hermano, debes saber que lo que te ha ofendido forma parte de aquellos defectos que te caracterizan […] Líbrate pues, de aquello que tanto te lastima: y no digas que no puedes hacerlo, porque la verdadera causa de ello eres tú mismo […] Cualquiera sea el defecto: prepotencia, odio, celos, codicia, falta de piedad, orgullo, aún perteneciéndote te pasa desapercibido y no alcanzas a tomar conciencia del mismo, pero ni bien éste se asoma en algún otro, hete aquí que ello te turba y quedas herido» [5].

«La amistad —continúa diciendo el Sheikh at-Tâdilî— requiere que nos informemos de las aflicciones de nuestros hermanos, que les brindemos nuestra ayuda en la medida que nos sea posible, que vayamos a visitarlos a menudo para renovar nuestra alianza (‘ahd) […]». «La nobleza de carácter es todo el Tasawwuf (la vía iniciática). Ella presupone la renuncia al deseo de mandar entre los hermanos, la renuncia a toda ostentación y a los honores. Un iniciado jamás deberá jactarse de superar a sus hermanos ya fuere por la ciencia (ilm) como por el conocimiento (ma’arifa) o los estados espirituales (ahwâl), antes bien, mejor será que se dedique a reflexionar sobre la lentitud con que va despejando las pasiones de su propia alma y con que procede a la búsqueda de todo lo que puede contentar a sus hermanos […]». «En una palabra, el Sûfî sigue la vía de la Unión. Todos y cada uno de sus alientos y su entera conducta apuntan a la amistad en la Unión. La Unión, en efecto, constituye el principio de la existencia y de todo cuanto se diferencia en los distintos mundos […]» [6].

Estas pocas indicaciones, escogidas de un conjunto considerablemente más numeroso y específico, proveniente de una fuente que, en la práctica, resulta poco menos que inagotable debido a la necesidad de efectuar múltiples y siempre más sutiles adaptaciones a las indefinidas posibilidades individuales, pueden bastar para comprender que nos hallamos frente a un método que persigue la superación de aquellas barreras limitativas que determinan un «yo» por oposición a los «demás», a través del progresivo renunciamiento a la autonomía individual.

En la Masonería, al menos hasta cierto punto, las cosas no parecen ser de otro modo, si consideramos que el simbolismo francmasónico requiere que cada «piedra» sea desbastada, escuadrada y pulida hasta eliminar todo defecto capaz de comprometer una correcta ensambladura, para así contribuir a la mayor solidez de la obra [7].

Por lo tanto, considerando que la unión fraternal conlleva en sí misma un método de realización, podemos plantear a grandes rasgos la idea de un «proceso de construcción de la hermandad» derivada de una actitud resuelta a impulsar en paralelo un «proceso de demolición» de aquella tendencia al individualismo que es característica de la condición profana; no vemos otra alternativa y, al fin y al cabo, reputamos que ésta sea la única manera realista y positiva de enfrentar el problema, pues de lo contrario será prácticamente inevitable que todas las buenas intenciones acaben por naufragar —en el mejor de los casos— en la pura nada.

Naturalmente, en el «trabajo colectivo» podemos hallar una herramienta de índole «operativa» coadyuvante a esta finalidad, pero a condición de que sean respetados determinados presupuestos, entre los que debe incluirse en primer lugar, una muy cuidada selección del ambiente colectivo [8]. Además, no debe olvidarse que la actitud que puede considerarse propia del iniciado excluye toda pasividad del ánimo y ello ya desde sus primeros pasos como aprendiz: atento al desarrollo del trabajo colectivo debe mantenerse prevenido y vigilante a fin de aprovechar cada ocasión que se le presente para intentar descubrir sus propios defectos; es indudable que aquí reside la mayor dificultad, porque ello requiere de su parte que posea una firme intención y una gran sinceridad también consigo mismo; una vez discernida la imperfección, posteriormente todo se reduce a una cuestión de voluntad.

Acaso ahora puede que resulte más fácil entender porqué, en general, la actividad del iniciado deba volverse esencialmente hacia lo interior: en efecto, incluso cuando se trate de hechos exteriores que capten su atención, ello jamás obedecerá a una simple cuestión de curiosidad que pueda llevarlo a juzgar los asuntos ajenos, sino a la intención de servirse de aquéllos como medio para obtener alguna indicación idónea a ser transferida al propio interno, en el marco de una actividad tendiente al pulimiento de las propias asperezas, de los propios defectos. Reconcentrado en sí mismo, el masón se pone a prueba labrando la propia piedra, sabiendo muy bien que nadie jamás podrá, desde afuera, suplirlo en este esfuerzo, que es y permanece estrictamente personal.

Por supuesto, cuanto acabamos de decir se refiere en particular a lo que hemos llamado «proceso de demolición»; la otra cara de la medalla, o sea el «proceso de construcción de la hermandad» resultante, hace que la virtud del iniciado se vaya propagando en el ambiente, más o menos efectivamente según sea el grado de desarrollo alcanzado y con características que podrán diferir de acuerdo con las atribuciones cualitativas que determinen las varias naturalezas. Claro está que, cuanto más se logre avanzar a lo largo de la vía de la «demolición» tanto más profundamente se estará en condiciones de «vivir» la hermandad.

Una vez superado cierto límite del «proceso de demolición», se pasará de una determinada visión de la realidad, coloreada por el predominio desordenado. de las pasiones y donde todo es medido en términos de oposición al propio «yo», a otra distinta de aquella, evidenciada por una supremacía de la virtud, donde cada cosa viene considerada bajo el aspecto de la complementariedad y donde el yo cede el paso al «nosotros»; a este nivel, los atributos manifestados por las diversas naturalezas se apuntalarán recíprocamente, volviendo posible esa armonía de propósitos indispensable para proceder expeditamente en la obra común. En un caso como éste, será posible, pues, afirmar que la primitiva «oposición» ha sido finalmente superada, transmutada en «complementariedad» [9].

No debe creerse con ésto, sin embargo, que la meta haya sido alcanzada: como sugeríamos ya de algún modo anteriormente se trata en realidad de una etapa, desde luego importante y necesaria, pero tan sólo una etapa a lo largo de la vía masónica que lleva a la unión fraternal porque, en efecto, la «unión» va mucho más allá de la «complementariedad».

Precisamente por esto es que en los Antiguos Deberes se termina asimilando el amor fraternal con una piedra de construcción muy especial, una piedra que, ya sea por su forma como por la posición que está llamada a ocupar, resulta única en todo el edificio: nos estamos refiriendo a la «clave de bóveda», cuya puesta en obra señala, además, la terminación, el «coronamiento» mismo de la obra arquitectónica propiamente dicha; colocada desde lo alto, ella va a encajarse, como una cuña, en el ojo de la cúpula o de la bóveda, asegurando de este modo, según las reglas del arte, la máxima solidez de la entera construcción.

Verdadera obra maestra, al mismo tiempo punto final de la obra y principio de su indestructibilidad, ella expresa la razón última y como la síntesis de todo lo operado [10].

Ahora bien, correlacionar el amor fraternal con lo que viene simbolizado por la «clave de bóveda» implica, verosímilmente, considerar la posibilidad de una «exaltación» ya no solamente virtual sino plenamente efectiva, que supere las formas individuales y sea capaz de transponer a quien la realiza en aquella «perfecta unión» donde todo se vuelve Uno.

Si, como vemos, la lectura de los símbolos del arte de construir nos permite concebir una posibilidad de este tenor, por otra parte tan ajena al mundo profano como propia de las tradiciones iniciáticas de que tenemos noticia, un examen más detenido, aun sin perder de vista la extremada dificultad que presentan estas cosas cuando se las quiere medir ―por decirlo así― desde afuera, requeriría cuanto menos, que a dicha posibilidad correspondiese algún método que se muestre, siquiera en teoría, capaz de favorecer —para ciertos casos y en determinadas circunstancias —su efectiva realización; de otro modo habría que concluir que, en lo que concierne a esta cuestión, todo se reduce a ser un mero «juego de palabras» más o menos ingenioso, que no lleva a ninguna parte y que no sirve más que para estimular la vanidad e inflar el propio «yo».

Como es dable imaginar, el punto que acabamos de tocar es de aquellos que presentan muchas dificultades, de modo que un tratamiento del mismo nos llevaría a desarrollos que exceden con creces el marco de este estudio, al que ya debemos ir poniendo fin. Sin embargo, quizá pueda ser suficientemente sugestivo en nuestro caso detenernos por un momento a considerar cual es la orientación que, en sustancia, persiguen de uno u otro modo, las principales técnicas de realización espiritual que se conocen.

En general, ya sea que se trate de «meditación» o de «contemplación» o aún de «invocación» [11], es posible sostener que lo que se favorece invariablemente a través de tales medios, no es otra cosa que la «concentración» [12]. Ahora bien, nadie puede poner en duda que el ejercicio de mantener bajo control la propia atención resulta ser un modo muy eficaz para evitar de sentirse tironeados de aquí para allá por los más variados estímulos que, momento tras momento, genera una actividad mental indisciplinada, como bien puede comprobar, aunque más no sea por algunos instantes, cada cual por cuenta propia. En consecuencia, no es difícil inferir que una práctica de este tipo se encuentra en condiciones de apoyar y aun de acelerar ese «proceso de demolición» de que hablábamos anteriormente. Por otra parte, visto que la «concentración» se aplica metódicamente sobre la base de una simbología de carácter universal, que excluye cada vez del campo de actividad mental cualquier referencia a las cosas de orden sensible y, considerando que la frecuencia de la práctica puede ser aumentada hasta tornarse habitual, aún sin entrar en mayores particulares nos parece que sea posible concebir como, al límite, ello pueda terminar por colocar al sujeto en las condiciones necesarias para que se verifique un cambio de mentalidad tal, que cada cosa deje ya de ser referida a la propia individualidad para pasar a ser considerada en relación con su verdadero origen [13].

En realidad, basta fijar la atención en todas y cada una de las diversas fases que hemos venido bosquejando a lo largo de este trabajo para convenir en que es prácticamente imposible salir de semejante proceso de purificación tal y como se ha entrado en él; así también, una vez que dicho proceso haya sido llevado hasta sus últimas consecuencias, no parece imposible esperar que el cambio inducido alcance las características de un vuelco radical en el modo de ver las cosas: en este caso, se pasará de una visión de la realidad todavía relativamente fragmentaria e individual —puesto que la complementariedad no supera todavía el plano propiamente formal— a otra de muy distinto orden. Esta metamorfosis intelectual es lo que precisamente se indica con la palabra griega metanoia: más allá de nous, de la mente individual [14]. Pero semejante pasaje, que para quien lo enfrenta, de hecho, puede asumir la semblanza de un pavoroso salto al vacío, ¿adónde conduce?

«Todas las doctrinas tradicionales —escribe René Guénon— muestran como el “mental” en el hombre presenta un doble aspecto, según sea que se lo considere como vuelto hacia las cosas sensibles, que es el caso de la mente tomada en su sentido habitual e individual, o que se transponga en un sentido superior, donde se identifica con el hêgemôn [el Guía o Maestro interior] de Platón o con el antaryâmî [el Ordenador interno] de la tradición hindú; la metànoia es propiamente el pasaje consciente de uno a otro, de donde resulta de algún modo el nacimiento de un “hombre nuevo”; y, aunque con formulaciones diversas —que en realidad se equivalen— todas las tradiciones, unánimemente, afirman la noción y la necesidad de dicha metànoia» [15]. Este «Maestro interior», que Platón identifica con nuestra parte «más divina» (theiòtatos), no es otra cosa que nuestro espíritu o intelecto trascendente, el cual, siendo de orden universal, nos permite conocer todas las cosas de manera directa en el dominio de los principios eternos e inmutables.

Del mismo modo, si nos detenemos a considerar la estructura de un edificio rematado por una cúpula, no podemos menos que comprobar que, en ninguna otra parte salvo que desde el ápice de la obra, es decir desde la «clave de bóveda», resulta posible asumir una visión análogamente universal de todos y cada uno de los elementos que lo componen.

Ahora bien, siendo que en nuestro «proceso de construcción de la hermandad» el equivalente de la citada «clave de bóveda» es lo que en la actual Masonería especulativa se llama «perfecta unión», cabe preguntarse si, llegados a este punto, aun tiene sentido hablar de hermandad, pues si bien este vocablo resulta apropiado para designar aquella tendencia a la unidad que hace que los seres se aglutinen en la búsqueda del bien común por sobre todas las diferencias que los separan, es innegable que al contener en sí mismo una necesaria referencia a la multiplicidad se vuelve inapropiado para expresar la unidad misma, la cual no admite el menor asomo de separatividad. Razón de ser de la hermandad, la unidad constituye el principio que la determina y que en ella se refleja, así como el fin último hacia el cual ésta se ordena. Por ello es que en una máxima súfica se dice: «Las relaciones entre dos hermanos no alcanzan la perfección hasta que no terminan diciéndose el uno al otro: oh, mí mismo!» [16]; en efecto, en un estado donde la entera multiplicidad se ve a través de la Unidad, ¿cómo pueden subsistir todavía distinciones tales como las de un tú y un yo? [17].

Con estas consideraciones dedicadas a la hermandad, materia que algunos, tal vez por efecto de una arraigada familiaridad con el uso corriente del vocablo liquidan someramente como producto exclusivo de la esfera sentimental [18], terminando así por descartarla de entre las cuestiones que colocan al centro del propio interés intelectual —lo que no deja de tener cierta asonancia con aquella leyenda masónica que trata de la «clave de bóveda», piedra que, a raíz de su forma singular, viene desechada por los constructores, incapaces de reconocerla—, con estas consideraciones, decíamos, esperamos haber contribuido asimismo a echar un poco de luz sobre otro tema, el de la realización iniciática, que sabemos preocupa legítimamente a quienes no se contentan del carácter virtual de la iniciación recibida.

Y si bien es cierto que al interno de la Masonería hace largo tiempo ya que falta el equivalente de aquellos medios que mencionábamos hacia el final de nuestro estudio, no es menos cierto que no podemos asociarnos a quienes presumen que la realización espiritual sea el producto específico de la aplicación de alguna que otra especie de receta más o menos «mágica»: hay en ello una confusión evidente, desde el momento que se atribuye a un simple medio el carácter de causa, cuando todo lo que puede esperarse del mismo es que sirva de ayuda para ponerse en las condiciones requeridas para alcanzar la finalidad perseguida; por otra parte se olvida, además, que en realidad no se trata de producir algo que todavía no existe sino, muy por el contrario, de llegar a tomar efectivamente consciencia de lo que ya es y que nunca ha dejado de ser.

Por ello es que, sin dejar de sopesar la indiscutible gravedad de la pérdida sufrida, consideramos más constructivo dirigir la atención sobre el hecho de que la cosa no afecta la primera parte del proceso de purificación de que hemos hablado y, teniendo en cuenta que, en la casi totalidad de los casos, resulta contradictorio querer acceder directamente a la realización del fin último sin tener que pasar previamente por todas aquellas etapas vinculadas con las características más específicas de cada individualidad, no vemos por cual motivo se deba renunciar a poner en práctica aquello de que se dispone y que por sí solo requiere de una capacidad, de un empeño y de un esfuerzo ciertamente considerables, a tal punto que podríamos preguntarnos cuantos pueden ser hoy en día los que reúnen las cualificaciones necesarias para acometer semejante empresa.

En definitiva y para terminar, lo que pretendemos decir es que, en lugar de dilapidar tiempo y esfuerzos detrás de las mil y una sugestiones que a pesar de lo que cada uno pueda creer, muy probablemente nacen del deseo inconsciente de resguardar al propio yo de la muerte iniciática, mejor sería que los pocos que hayan formulado la firme intención de empeñarse en un proceso de realización espiritual comenzaran por entregarse de lleno, aquí y ahora, a combatir en sí mismos la causa de todas aquellas contraposiciones que vislumbran en sus relaciones con el mundo exterior, las cuales, si bien por una parte se manifiestan como un factor de división, por la otra, en cambio, si enfrentadas de manera adecuada, con verdadero espíritu fraterno, no dejan de constituir una concreta oportunidad para lograr superar los propios límites, porque, como dicen los Sufíes, «si las criaturas son los grandes velos que nos separan del Creador, la vía que lleva hasta Allah pasa por ellas» [19].

Artículo publicado en la Revista de Estudios Tradicionales Nº 3, Enero – Junio 2003.

[1] Antichi Doveri, Costituzioni e Regolamento del Grande Oriente d’Italia, pág. 13.

[2] La analogía establecida en los Antiguos Deberes entre el amor fraternal y el «cemento» admite una interpretación más profunda que alude al Espíritu: en efecto, la manifestación toda entera se mantiene gracias a su «acción de presencia», mientras que su retraimiento conlleva, inevitablemente, que «la carne se separe de los huesos».

[3] Doveri, Costituzioni e Regolamento del Grande Oriente d’Italia, pág. 13.

[4] Sheikh Muhammad at-Tâdilî, «La vita tradizionale è la sincerità», en la «Rivista di Studi Tradizionali», n° 68-69.

[5] Jâlal-ud-dîn Rûmî, «Il libro delle profondità interiori», VI, págs. 43-44, Luni editrice

[6] Sheikh Muhammad at-Tâdilî, idem, idem.

[7] Relativamente al aspecto purificatorio que comporta el método que debe conducir a la «unión fraternal» de los iniciados, nos viene a la memoria que Dante, en el Purgatorio de su «Divina Comedia», pone continuamente en boca de las «almas» el apelativo de «frate», es decir hermano.

[8] Considerando el caso particular de quienes, sintiéndose atraídos por la obra de René Guénon desean encaminar sus esfuerzos en la dirección allí formulada, no podemos dejar de proponer a la atención de los mismos algunas precisiones contenidas en un interesante artículo de Giovanni Ponte, precisiones que transcribimos por extenso a partir de una indicación susceptible de ser puesta en práctica también por aquellos que, careciendo de todo vínculo iniciático, se hallan todavía en la preliminar y delicada etapa de la «búsqueda».

«En cierto modo, es dable encontrar ya un aspecto de “operatividad” en un trabajo de concentración y purificación mental que tome como base el estudio de las doctrinas tradicionales [siguiendo en especial la exposición llevada a cabo por René Guénon, particularmente adecuada para la mentalidad occidental]: una “operatividad” por cierto parcial, pero susceptible posteriormente de muy otros desarrollos […].

En un ámbito masónico, caracterizado por un trabajo colectivo, ello puede favorecer una aplicación particularmente significativa siempre y cuando dicho trabajo de profundización teórica sea llevado a cabo en una colectividad suficientemente equilibrada y armónica, capaz de ejercer una cierta influencia equilibradora en cada uno de los componentes […].

Esto no significa que se deba desconocer o disminuir la real importancia de las barreras y de los obstáculos existentes, en especial de aquellos representados a la vez por la incomprensión y por la falsa comprensión [el cursivo es nuestro]. Por otra parte, el mismo hecho de toparse de manera consciente con ellos representa una ocasión positiva para combatirlos, ya sea en sí mismos como en el propio ambiente; y esto puede conllevar también, por cierto, un aspecto de “operatividad” que cabe considerar con particular atención, por supuesto sin abrigar mayores ilusiones en lo que se refiere a los resultados exteriores, los cuales en definitiva no constituyen el objetivo hacia el cual haya que orientarse».

(Giovanni Ponte, «Equivoci riguardanti tipi diversi di Iniziazioni», en la «Rivista di Studi Tradizionali», n° 51, págs. 145-147).

[9] Este estado corresponde, en la vía masónica, a la realización efectiva del grado de Compañero, con lo que la «piedra cúbica», ya perfectamente labrada y pulida, puede considerarse pronta a ocupar el sitio que le compete en el edificio.

[10] A propósito del simbolismo de la «clave de bóveda» véase: René Guénon, «Símbolos de la ciencia sagrada», capítulos 39 a 45 inclusive.

[11] Considerando el carácter itinerante que era propio de los «compagnones» y de los masones operativos, la «invocación», entre las técnicas que señalamos, parecería ser la que mejor podría avenirse en su caso y, en efecto, se habla de una particular invocación que habría sido largamente custodiada por los antiguos operativos. Véase al respecto, René Guénon,: «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», T.II, págs. 164-165.

[12] Compárese con cuanto dice René Guénon en «El hombre y su devenir según el Vedanta», cap. 22.

[13] Como bien señala Pietro Nutrizio, el conocimiento, «más que atribuirse a una adquisición de parte del individuo, debe considerarse el resultado de un esfuerzo dirigido a liberar al ser de todos aquellos condicionamientos que constituyen esta individualidad» (Pietro Nutrizio, «Povertà e Ricchezza», en la «Rivista di Studi Tradizionali», n° 62-63, pág. 63).

[14] Véase el estudio de Ananda K. Coomaraswamy, «Sull’avere l’intelletto sano», en la «Rivista di Studi Tradizionali», n° 71. En dicho artículo el autor se aplica a restablecer el cabal significado del vocablo metanoia, desde largo tiempo traducido amenguadamente como «arrepentimiento».

[15] René Guénon, «Etudes sur l’Hindouisme», pág. 262.

[16] Sheikh Muhammad at-Tâdilî, idem, idem.

[17] En realidad, el principio de la hermandad debe considerarse, en sí mismo, necesariamente situado más allá de la misma, la cual cosa, volviendo al arte de construir, aparece representada de manera muy efectiva en obras tales como el Panteón romano, donde es el cielo abierto el que hace las veces de «clave de bóveda»; por otra parte y sin ir más lejos, ¿acaso no es cierto que la consaguineidad que caracteriza cualquier hermandad carnal reconoce su principio más allá de la misma, en el común progenitor?

[18] Dante, en el Convivio (III, III), dice muy claramente que es a partir del amor a la verdad y a la virtud, que «nace la verdadera y perfecta amistad», esto es la hermandad de que hablamos.

[19] Sheikh Muhammad at-Tâdilî, idem, idem.

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