FRANCOIS RABELAIS 7 agosto, 2016 – Publicado en: RESEÑAS – Etiquetas:

François Rabelais (Turena, 1494 – Maudon, 1553). Cursó estudios en la abadía de Seuilly, donde fue ordenado fraile franciscano, pasando más adelante a la Orden benedictina. Se dedicó principalmente a la medicina, también a la botánica y a la topografía. En 1532 publicó en la ciudad de Lyon el primer libro de «Gargantúa y Pantagruel», cuyo éxito fue espectacular, aunque, al igual que otros de esta misma sátira, fue condenado por obsceno y herético por la Sorbona. Tras una estancia en Roma, a partir de 1536 fue dispensado de sus votos eclesiásticos, dedicándose posteriormente sobre todo a la medicina.

En una de las oportunidades en que René Guénon se refiriera a Rabelais, observaba: «[…] En muchos pasajes de su obra se tiene la impresión de encontrarse en presencia de un “lenguaje secreto”, más o menos comparable al de los Fieles de Amor, si bien de otro género; pero pareciera que, para poderlo interpretarlo, sea preciso una “clave” que hasta ahora no ha sido hallada. Esta cuestión está en estrecha relación con la de la iniciación que habría recibido Rabelais: no caben dudas de que él estuvo vinculado al hermetismo ya que los conocimientos esotéricos de los que da prueba pertenecen claramente al orden “cosmológico” y no parecen superarlo nunca; corresponden así perfectamente al dominio propio del hermetismo, pero sería necesario saber con exactitud de cual corriente hermética se trataba […]». (Reseña al libro de J.H. Probst-Biraben, Rabelais et les secrets du Pantagruel, incluida en Estudios sobre la Francmasonería y el Compañerazgo, Tomo II).

Por otra parte, en el artículo «A propósito de los Constructores de la Edad Media» (Voile d’Isis, enero de 1927, y que actualmente es el Cáp. II de Estudios sobre la Francmasonería y el Compañerazgo, Tomo I), escribía: «Si se nos objetara que las figuras satíricas, más o menos licenciosas, que a veces se descubren en las obras de aquellos constructores son prueba de las pretendidas preocupaciones sociales de los mismos, nuestra respuesta sería bien simple: Tales figuras están ante todo destinadas a confundir a los profanos, los cuales se atienen exclusivamente a las apariencias, y son incapaces de percibir lo que se disimula en su interior. Por otra parte se trata de algo que no es específico de los constructores: escritores como Boccaccio, Rabelais en particular, y muchos otros, adoptaron el mismo disfraz y utilizaron idénticos procedimientos. Debemos creer que la estratagema ha tenido buen resultado, pues aún en nuestros días, y seguramente hoy más que nunca, los profanos caen en la trampa».

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