HABIB AL-AGAMI 19 agosto, 2018 – Publicado en: RELATOS – Etiquetas:

¡Que la misericordia de Allâh sea sobre Habîb al-’Agamî, sobre este hombre de elevadas y poderosas aspiraciones, sobre este diestro curador en las vías del amor, cuyos pasos fueron bendecidos por el cielo! Tuvo una constancia y una energía sin igual en soportar los rigores del ascetismo.

Comenzó siendo un personaje opulento y usurero. Cuando vivía en Basora se presentaba todos los días en lo de sus deudores para recoger el interés del dinero que les había prestado. Además, cuando no obtenía dinero, exigía una indemnización por su molestia, destinando ese poco a los gastos de su casa. Un día se presentó en el domicilio de uno de sus deudores, pero cuando llamó a la puerta, la mujer de este respondió: «Mi marido no está en casa». «Si no está entonces dame una indemnización por lo que anduve y me iré». «Pero no tengo nada» —respondió la mujer— «todo lo que me queda es el cuello de un carnero». Fue a buscarlo y se lo dio. Habîb al-’Agamî lo llevó a su mujer recomendándole cocinarlo. Ella le hizo notar que en la casa no tenían ni pan ni leña. Habîb al-’Agamî volvió a la calle, pidió a otro deudor la indemnización por la molestia, compró pan y leña y volvió a casa. Pusieron la olla sobre el fuego y mientras se cocinaban el arroz y la carne, golpeó a la puerta un derviche que pedía limosna. «Vete» —le dijo Habîb al-’Agamî—, «por cierto que no te enriquecerás con lo que recibas de nosotros». Echado el derviche, la mujer quiso ver como iba el contenido de la olla. Vio entonces que el guiso no era más que un montón de sangre. Aterrorizada le dijo a Habîb: «Tu dureza hacia el derviche nos ha traído desgracia, el guiso se ha transformado en sangre». Habîb, espantado a su vez por el espectáculo, se arrepintió, prometiendo en prueba de su conversión no practicar más la usura.

El día siguiente era viernes. Habîb al-’Agamî, al salir hacia la mezquita, vio a unos niños que jugaban en la calle. Apenas lo vieron, se dijeron uno al otro: «Acá viene el usurero, alejémonos del camino para que el polvo que pisan sus pies no nos toque, evitémosle porque es un maldito». Habîb siguió y llegó para escuchar a Hasan al-Basri quien precisamente en ese momento estaba pronunciando un discurso. Al oírlo, Habîb al-’Agamî, aterrorizado con el pensamiento del juicio del Altísimo, perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, hizo honorable enmienda de sus malas acciones en presencia de Hasan al-Basri, luego salió de la mezquita y volvió a su casa. Uno de sus deudores lo vio y trató de esconderse, pero Habîb le dijo: «No huyas de mí, hasta hoy has buscado evitarme, de aquí en adelante seré yo quien busque evitarte». Cuando, al seguir su camino para volver a casa, volvió a pasar por el lugar donde había visto jugar a los niños, estos se dijeron uno al otro: «Alejémonos de la calle, para que el polvo de nuestros pies no alcance a Habîb, que se ha arrepentido. No debemos ser rebeldes a los ojos del Altísimo». Oyendo estas palabras, Habîb gritó: «Oh Allâh, apenas me he arrepentido de mis errores y he buscado refugio en Ti, Tú has inspirado afecto hacia mí en el corazón de tus amigos y has cambiado en bendiciones las maldiciones que acompañaban a mi nombre». Habîb al-’Agamî hizo anunciar públicamente que todos aquellos que le debían dinero podían venir a recoger su compromiso escrito, puesto que él tenía la intención de perdonar a cada uno sus deudas. Los deudores vinieron, y recogieron sus obligaciones; además, Habîb distribuyó como limosna todo el dinero que había amasado durante tantos años, hasta que no le quedó absolutamente nada. Cuando vino uno de sus acreedores para reclamar cuanto le debía, le dio el velo de su mujer. Vino otro, también a pedir su dinero, y Habîb le dio la camisa y se quedó desnudo.

Se construyó una ermita a orillas del río Eufrates y allí se dedicó por completo a la práctica de la ascesis. Durante el día iba a lo de Hasan al-Basri para aprender; por la noche, y hasta los primeros rayos de la aurora, rezaba y lloraba. Fue llamado al-’Agamî (el ignorante) porque al comienzo no era ni siquiera capaz de pronunciar con exactitud las palabras del Corán.

Después de algún tiempo su mujer comenzó a lamentarse: «¡Ya no puedo más! Estoy consumida por el hambre y medio desnuda. Sin duda necesito un poco de dinero». En esos días, Habîb al-’Agamî se quedaba de día en su retiro a orillas del río donde se dedicaba a los ritos, y, llegando la noche, volvía a su casa. Una noche su mujer le preguntó donde había estado durante el día. «Hoy» —respondió— «he salido a trabajar». —¿Ah si? ¡Me gustaría saber qué clase de trabajo! ¿Qué has ganado?» —insistió la mujer. «Quien me da trabajo» —respondió Habîb al-’Agamî, «es alguien generoso; me prometió que dentro de diez días pagará el salario convenido». En realidad, durante los siguientes diez días, Habîb al-’Agamî salió para dedicarse a sus recitaciones.

El décimo día, mientras estaba en su eremita, se preguntó que iba a responderle a su mujer cuando esta noche le pidiese algo para comer; pero a pesar de estas preocupaciones siguió rezando. Entonces el Altísimo, en Su generosidad, mandó a casa de Habîb al-’Agamî cuatro ángeles en forma humana. Uno llevaba una carga de harina, otro un carnero, otro un odre de miel y el último un odre de aceite. Además, un hermoso joven llevaba en una bolsa trescientas piezas de oro en monedas de aquel tiempo. Después de haber dado todas estas cosas a la mujer de Habîb, se fueron diciéndole: «Oh mujer, quien ha enviado todo esto es el patrón de quien Habîb cuida los intereses». Y agregaron: «Hazle a Habîb de parte de nuestro patrón esta recomendación: “Si aumentares tu trabajo, de parte nuestra aumentaremos tu salario”». Cuando llegó la noche Habîb volvió a su casa, preocupado y pensativo. Entrando sintió el rico aroma del arroz que se cocía con la carne. Su mujer, viniéndole al encuentro, le dijo: «Oh Habîb, quédate siempre al servicio de la persona de cuyos negocios te ocupaste en estos días porque debe ser muy generosa y buena. Hoy nos ha mandado todo lo que ves con esta recomendación: “Habîb no tiene, sino que aumentar su trabajo y yo le aumentaré el salario”». Oyendo estas palabras Habîb abandonó decididamente el mundo para dedicarse al servicio de Allâh. […]

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