«MEDICE CURA TE IPSUM» PARTE II 6 Agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

II – La acupuntura china

Un ejemplo clásico de ciencia tradicional, que ha permanecido, tal como lo hemos dicho al comienzo de este artículo, casi sin variación en la teoría y en la práctica, y en la que ambas rigurosamente derivan, como aplicación, de los principios que rigen a la tradición misma, es la medicina china. A continuación hablaremos extensamente sobre ella, pero señalamos, desde el comienzo, que lo que más nos interesa es relevar las diferencias con respecto a las ciencias en el sentido moderno de la palabra, las cuales derivan, como formulación teórica, de los datos de la experimentación, y por ende resultan continuamente variables, tal como también variable y sujeta al devenir es la naturaleza que ellas estudian: por lo que hablar de leyes y «principios» científicos no tiene sentido, porque una ley o un principio verdaderos sólo son tales si son inmutables en sí mismos, o en cuanto derivan su realidad de una verdad de orden superior.

Resulta entonces oportuno, para poder comprender en su real significado y en su práctica clínico-terapéutica a la medicina china, remontarnos a la doctrina extremo-oriental, ya sea en lo que se refiere a su aspecto propiamente metafísico, ya en lo que concierne a aquel más particularmente cosmológico.

El Principio absoluto e incondicionado, el conjunto de todas las posibilidades, es llamado Tao. Si nos limitamos a considerar las posibilidades de manifestación en su fuente común, esta es definida como Tai-ki, que es en consecuencia el principio ontológico o Ser Puro, mientras que más allá de este pueden considerarse todas las posibilidades de no-manifestación y las de manifestación en estado potencial, lo que es llamado Wou-ki.

Tai-ki es entonces el principio de la manifestación[1], y para dar origen a la misma, por otra parte, viene como a polarizarse en otros dos principios, uno esencial y otro substancial, que son respectivamente «Khien», perfección activa, y «Khouen», perfección pasiva, si se los considera desde el punto de vista de su principio común; en cambio desde el punto de vista de lo manifestado tenemos otros dos principios que corresponden a los precedentes, pero en un grado de menor universalidad, es decir el Cielo «Tien» y la Tierra «Ti», respectivamente correspondientes a un principio activo y a un principio pasivo, o también a un principio masculino y a otro femenino, y que en el fondo son el prototipo de todos los opuestos. En definitiva, los dos principios Cielo y Tierra, que son respectivamente el polo esencial y el polo sustancial de la manifestación, o si se quiere, para servirnos del lenguaje corriente si bien bastante inapropiado, la componente espiritual y la componente material, son las raíces de esta manifestación en la que por otra parte no intervienen directamente siendo esta, por decirlo así, el límite de sus respectivas tendencias.

En lo manifestado, en cambio, concurren a producir todos los seres otros dos principios o «categorías» que corresponden respectivamente a los primeros y que son «yang», conjunto de todas las tendencias activas, positivas o masculinas y «yin», conjunto de todas las tendencias pasivas, negativas o femeninas. Simbólicamente estos dos principios son también referidos a la luz y a la sombra, al sol y a la luna y así sucesivamente, y desde el punto de vista cosmológico no pueden existir el uno sin el otro, encontrándose por el contrario siempre presentes, en proporciones indefinidamente variadas, en la constitución de todo cuanto existe. En el fondo, más que opuestos se los puede definir como complementarios, y en efecto, en la individualidad humana, ellos se dividen las diversas jerarquías de las funciones orgánicas y, aún antes, las de aquellas psíquicas.

Repetimos que el sentido que atribuimos a esta última palabra es indefinidamente más amplio que el que posee en la psicología y fisiopatología corrientes, por lo cual el término «sutil» nos parece más apropiado.

Este elemento sutil, que desde el punto de vista de la sustancia es considerado como formando parte de la esencia, y desde el punto de vista de la esencia como perteneciente a la sustancia (téngase en cuenta que esto no es un juego de palabras, sino que tiene un sentido preciso desde el punto de vista del verdadero conocimiento), es un dominio que, puramente virtual en el hombre común, por el contrario se encuentra en acto en el hombre primordial u «hombre verdadero» llamado Tchenn-jen en la tradición extremo-oriental. En este el equilibrio de ambas tendencias yin y yang es perfecto y simbólicamente es representado por un círculo en cuyo interior una sinusoide de una longitud igual a media circunferencia divide su superficie en dos partes iguales, una oscura que representa el yin y otra clara que representa el yang; un punto blanco en la parte oscura y uno oscuro en la clara permiten recordar que de hecho, en lo manifestado, el yin y el yang no pueden existir independientemente. Esta condición de equilibrio perfecto es imposible de encontrar «in natura» en las actuales condiciones cíclicas de la humanidad, donde en cambio está sustituida por otras formas de equilibrio relativo.

La ruptura de este equilibrio representa la «enfermedad» según la concepción de la medicina china, y el restablecimiento del mismo es cuanto se propone el médico chino para restaurar las condiciones de salud en un determinado individuo.

El organismo humano, bajo el aspecto de la anatomía descriptiva, evidentemente no difiere del que conocemos habitualmente. Lo que, en cambio, difiere profundamente es el enfoque fisiológico, el cual, tal como lo hemos dicho, al asignar supremacía absoluta a la componente sutil, considera las funciones orgánicas bajo un aspecto energético, para usar un término tomado a préstamo del vocabulario científico, aun desde el punto de vista macroscópico. Así los distintos órganos se pueden agrupar en dos grandes categorías funcionales respectivamente de carácter yin y de carácter yang que están generalmente en oposición de dos en dos.

En concomitancia con los diversos órganos en función existe sobre la superficie corpórea un «fluir» de corrientes «sutiles» (el término usado por los chinos es «Tsri» que indica precisamente las fuerzas inmateriales) que siguen trazados bien precisos y constantes que tienen el mismo signo, yin o yang, que los órganos a los que se refieren, y que experimentan fisiológicamente variaciones de intensidad en el curso de las veinticuatro horas, de las estaciones, etc.[2]. Al querer trazar estos canales sutiles, o a la manera occidental «meridianos», se puede hacer referencia a puntos anatómicos, aunque debe señalarse que estos no siguen ninguna estructura anatómica conocida, sea esta un vaso sanguíneo o linfático o tanto menos un filamento nervioso. Originariamente su recorrido fue establecido por quien estaba en conocimiento de lo que podríamos llamar fisiología sutil, respecto a la cual la fisiología conocida por los modernos no es más que una resultante. Cada meridiano surge en realidad de la unión de puntos cuya estimulación mediante la acupuntura tiene efectos precisos sobre la función orgánica que está en relación con ese meridiano y posibilita, en consecuencia, su modificación cuando ella se encuentre patológicamente alterada.

Tenemos así «puntos aceleradores» que sirven para tonificar un determinado órgano, «puntos de frenado» que sirven para sedarlo, «puntos surgentes» que regulan su acción en uno u otro sentido, amén, naturalmente de muchos otros (puntos de pasaje, de alarma, etc.) cuya repercusión no es el caso de analizar aquí.

Los canales sutiles son doce[3] por cada lado del cuerpo y la energía Tsri fluye en ellos según direcciones determinadas que esquemáticamente, considerando un individuo con los brazos levantados, van desde arriba hacia abajo para la energía yang (lo que se conforma con los modos de la acción celeste) e inversamente para la yin. En conformidad con el mismo simbolismo los meridianos yang fluyen sobre la superficie externa de los miembros y los yin sobre la superficie interna.

Además, dado que los meridianos se empalman entre sí (un yin con un yang y viceversa) se tiene una verdadera circulación de energía Tsri.

El capital de energía yin y yang que el individuo puede consumir durante su ciclo vital es en parte de origen hereditario, o si se prefiere genético, y en parte fruto de los intercambios con el ambiente, comprendiendo en esta palabra todo cuanto el individuo recibe de aquel desde el punto de vista alimentario, gaseoso y psíquico (incluida la componente sexual). En esta concepción se resuelve igualmente la vieja polémica que divide a los biólogos en dos campos opuestos, es decir, si el hombre es producto del ambiente (véase Pavlov y la escuela rusa) o de la herencia (en general las escuelas biológicas occidentales).

Del mismo modo los problemas de la constitucionalística [respecto de la constitución del individuo], por los que desde hace años se afanan los científicos occidentales agregando siempre nuevos parámetros a sus abstrusas fórmulas en el intento de comprimir al individuo dentro de los esquemas inferidos de la estadística, son resueltos y simplificados, en la concepción del complementarismo yin-yang, en la relación de sólo dos variables.

En la etiopatogenia de las enfermedades, aparte de las tendencias constitucionales sobre cuyo valor resulta superfluo insistir, encontramos como causales los errores alimentarios (los alimentos como toda otra cosa son prevalentemente yin o yang y pueden por lo tanto contrastar con la constitución del sujeto o con su disposición momentánea), los excesos de todo tipo, los trastornos climáticos, y los miasmas en sentido amplio, entre los que podemos incluir a las modernas doctrinas infectivas, aunque los chinos jamás hayan hablado de los gérmenes, cuya presencia en una enfermedad por otra parte puede perfectamente ser vista sólo como causa segunda[4].

Las enfermedades también pueden ser catalogadas en dos grupos yin y yang de acuerdo con el proceso de desarrollo, la intensidad de los síntomas, etc. La enfermedad yang es de rápido surgimiento, con síntomas imponentes y proceso rápido (en clínica médica se diría aguda) mientras que la enfermedad yin presenta un surgimiento engañoso, síntomas poco evidentes y proceso lento (los clínicos la definirían como crónica o tendiente a la cronicidad); es evidente por otra parte que pueden presentarse todas las formas de pasaje y las combinaciones de ambas.

Desde el punto de vista semiótico, o sea de la determinación de los síntomas con el fin de realizar el diagnóstico de la enfermedad, es muy importante la observación del estado general del paciente, (depresión, agitación, postración, etc.), la cual permitirá una primera clasificación que será confirmada, o parcialmente corregida, luego de la reunión de otros síntomas: la vascularización de la piel y mucosas visibles, que podrá indicar la enfermedad yang en el caso por ejemplo de congestión activa, o bien yin donde se presente estasis, cianosis, etc.; la superficialidad o profundidad de la respiración; la palpación del abdomen, que permitirá relevar el estado de los órganos que en él están contenidos y que son la mayoría, tensión, consistencia, etc. La finalidad es siempre solamente arribar a una sistematización nosológica de la forma morbosa en actividad en una de las dos grandes categorías, lo que resulta esencial, dado que de ella dependen estrechamente la prognosis y la terapia[5]. No resulta fácil para un médico habituado a los normales esquemas de la clínica médica llegar con precisión a esta clasificación sin una comprensión profunda de los conceptos implícitos en los dos términos yin y yang, que sólo puede ser otorgada por una visión mucho más amplia de la realidad. La dificultad se torna realmente notable cuando se llega al examen del pulso que es el fundamento semiológico de la medicina china y que, en el caso de ser realizado correctamente por un médico experimentado, permite, por sí solo, la determinación del diagnóstico.

Hemos mencionado el pulso, pero sería mejor decir «los pulsos», dado que los chinos distinguen varios, cada uno de los cuales corresponde a un órgano determinado, del cual en cierto modo es su informante. En tanto, desde el punto de vista de la localización deben considerarse tres pulsos sobre la arteria radial de la derecha y tres sobre la radial de la izquierda. Además, cada pulso puede ser palpado superficialmente o en profundidad (es decir suavemente o con fuerza) o bien en un nivel intermedio[6] entre ambos, lo cual multiplica aún su número y consecuentemente el de los órganos correspondientes. Para quien se tomase la molestia de realizar las multiplicaciones y por lo tanto constatase la no correspondencia numérica entre todos los órganos de que consta el cuerpo humano desde el punto de vista anatómico, y el número de pulsos[7], recordamos que la medicina china tiene en vista sobre todo la función y que esta puede en consecuencia cumplirse en modo asociativo, y que además ciertos órganos, aparte de la función que los modernos están habituados a atribuirles, pueden también tener otra que corresponde a la localización de los centros «sutiles», respecto de los cuales aquellos que los modernos conocen como centros y sedes de funciones en realidad no son más que resultantes. El bazo, por ejemplo, es la sede del pensamiento racional, el hígado del subconsciente, y el corazón del intelecto. Esta última localización, que se refiere a una facultad que trasciende al individuo como tal, corresponde exactamente a cuanto es afirmado concordantemente por todas las tradiciones y naturalmente debe interpretarse simbólicamente.

Podríamos continuar esta lista pero creemos inútil hacerlo aquí; volviendo en cambio a los pulsos, éstos, luego de haber sido examinados topográficamente con miras a la localización del órgano o de los órganos alterados, deben ser indagados cualitativamente con el fin de poder relevar la alteración orgánica y luego clasificarla como yin o yang. En efecto, las características del pulso, el cual puede ser duro o blando, rápido o lento, amplio o estrecho, frecuente o infrecuente, rítmico o arrítmico, etc. son las repercusiones de las diversas condiciones en las que un órgano puede encontrarse patológicamente: a un pulso amplio corresponde un órgano pleno, hiperactivo; a un pulso estrecho corresponde atonía, hipoactividad; una frecuencia regular indica un normal funcionamiento, un estado de equilibrio; mientras que las arritmias indican falta de energía y distonías funcionales; y así sucesivamente.

Una vez realizado el diagnóstico se tratará de desarrollar una acción específica sobre los órganos afectados con el fin de restaurarlos a sus condiciones primitivas y esto podrá realizarse actuando a distancia sobre los puntos Tsiue del meridiano correspondiente, mediante agujas específicas. Caso por caso, en relación con la edad, la constitución del sujeto, el tipo de enfermedad, su duración y las condiciones ambientales, se establecerá la profundidad, la frecuencia y la duración de las punzadas, teniendo también en cuenta que una enfermedad yang puede ser producida tanto por un exceso de yang, como por un defecto de yin que condiciona en el mismo sentido al desequilibrio energético. Por otra parte también el momento de las punciones debe ser elegido teniendo siempre en cuenta el simbolismo yin-yang: en efecto la orientación energética general y la de cada uno de los órganos varía de acuerdo con las estaciones, el tiempo atmosférico, la humedad, etc. De esto se desprende cómo en una ciencia tradicional el punto de vista macrocósmico y el microcósmico se vinculan estrechamente de manera de constituir un todo indivisible. Cuanto hemos dicho hasta ahora debería ser suficiente para hacer comprender que la medicina china es, sin parangón, la más personalizada que existe, dado que tiene en cuenta todos los factores, ambientales e individuales, psíquicos y físicos que determinan, no la enfermedad, sino el individuo enfermo; y, además, que la consideración de todos estos factores, y la posibilidad de modificarlos en relación con un sujeto determinado, permite desarrollar exitosamente una verdadera acción médica preventiva[8].

Pero a propósito de la acupuntura debemos señalar aún que no puede ser realizada con cualquier tipo de agujas: en efecto también los metales con los que están hechas pueden dividirse en dos grandes categorías yang y yin, cuya acción es evidentemente antagonista, excitante la primera y sedante la segunda. Al primer tipo pertenecen los metales amarillos o rojos o solares cuyo prototipo es el oro; al segundo los blancos o lunares cuyo prototipo es la plata: evidentemente los mejores resultados se obtienen con agujas de oro y de plata.

Es notable que en todas las ocasiones en las que, especialmente por parte de los occidentales que por su constitución son poco propensos a establecer distinciones de carácter cualitativo, se intentó usar cualquier tipo de agujas[9], confiando solo en la punción en sí, los resultados fueron decepcionantes; sin embargo a pesar de ello las tentativas se repiten de tanto en tanto, porque para ellos es sumamente difícil admitir que, además de su ciencia, existan otras diferentes cuyos métodos no se fundamentan en las leyes físicas normales. Para ellos la única explicación de la realidad es la que ellos mismos se dan, y si algo escapa a los esquemas que se han trazado, tanto peor para ese algo. Pero en el caso de la medicina china esto los descoloca porque los resultados son demasiado evidentes y las estadísticas de las curaciones hablan tanto en su favor que hasta en la actual China de Mao Tse Tung las jerarquías comunistas se vieron constreñidas a mantener la medicina tradicional a la par de la moderna, y resulta fácil imaginar con cuanto placer lo han hecho los amarillos custodios del materialismo histórico.

Porque la medicina tradicional constituye un mentís viviente de este materialismo, tanto filosófico como científico. En efecto, dado que los resultados terapéuticos son fácilmente constatables e innegables, se debe concluir en que ella se fundamenta sobre supuestos valederos. Ahora bien, o éstos son de orden material, y entonces hay que admitir que la anatomía y la fisiología tal como las conocemos no son sino la expresión de una de las tantas posibles conexiones interorgánicas, y en todo caso no la única explicación del cuerpo humano, y que en consecuencia toda una trama de orden material escapa a la investigación de los modernos instrumentos de medida (lo que sería una buena afrenta para la altivez de nuestros científicos); o bien, y es esto lo que hemos tratado de explicar hasta ahora, existe otra fisiología, fuera del ámbito puramente material, que es la causa (aunque no la causa primera) de todos los fenómenos que se desarrollan en el nivel fisiológico ordinario.

Esta fisiología sutil, forma parte del dominio psíquico de la individualidad humana, y es un vastísimo mosaico que la ciencia moderna, con la psicología, el psicoanálisis y la llamada metapsíquica por una parte, y los representantes de las varias corrientes llamadas neoespiritualistas, espiritistas, antroposóficas, teosóficas, y otros pseudo buscadores de lo oculto por la otra, buscan analizar logrando penosamente entrever una faz. La primera, con la aplicación del análisis inductivo y cuantitativo que le asegura desde el comienzo el error, intenta reducir lo fenoménico al más banal materialismo; los otros, con el empirismo más peligroso (ya que no se tratan impunemente ciertas cosas sin conocer verdaderamente otra realidad que las supera y las compendia) se ilusionan con tratar con el dominio espiritual, y más aún, hasta con haberlo «realizado».

Entretanto, con este dominio sutil, que ha sido justamente llamado «mundo intermedio», se está todavía bien fuera del dominio espiritual propiamente (sería mejor llamarlo metafísico porque se encuentra verdaderamente más allá de la física) en el que residen las causas primeras.

Hemos querido insistir en este argumento para tratar de hacer comprender al lector en qué dominio actúa la medicina china, y cómo esta acción, si bien sin desarrollarse en el nivel de las causas primeras, se constituye siempre en causal respecto a la medicina actual que al ser aplicada solo en el nivel de los últimos efectos, como máximo solo puede ser considerada como sintomática. Y además que, siendo tanto el dominio sutil como el corpóreo parte integrante del mismo grado de existencia universal, es decir del plano humano, una interacción entre ambas puede explicarse, siempre y cuando se respete una metodología precisa que, como en el caso de la medicina china, ha sido precisada por los poseedores del verdadero conocimiento. Metodología que está en relación con leyes determinadas, que en rigor podrían llamarse físicas, siendo la naturaleza su campo de aplicación, a condición de considerar a la física en el sentido que le atribuían los griegos y no en la acepción reducida que tiene en la ciencia moderna.

En todo caso la medicina china, considerada solo desde el punto de vista más exterior de su aptitud curativa, sale victoriosa de su comparación con la medicina de hoy y además, ya desde sus albores, y esto en conformidad con todo cuanto es tradicional, había compendiado y resuelto, desde su punto de vista sintético, toda la multiplicidad de tendencias en las que se encuentra dividida la biología. Hemos visto como la concepción del Yin y el Yang permite la resolución de los problemas más dispares que pueden presentársele al médico moderno: desde la constitucionalística a los biorritmos orgánicos, de la higiene alimentaria a la ambiental, de la patología orgánica a la psicosomática y así sucesivamente, sin que esto obligue a dividir a la individualidad en un cúmulo de piezas (como sucede ahora con el pulular de las ramas especializadas) desde donde retomar la unidad individual a menudo resulta difícil, sino imposible. Pero así, teniendo en cuenta todos estos elementos, también ha tenido en vista solo al conjunto hombre, no como elemento estadístico, sino como individuo determinado y por ende distinto de todos sus semejantes.

Pero hay otro punto de vista que debemos tomar en consideración: la medicina china, como toda otra ciencia tradicional, tiene en sí misma los elementos simbólicos aptos para permitir, a quien la ejerce dentro del cuadro de la tradición taoísta con fines, además de prácticos también verdaderamente cognoscitivos, su utilización como base adecuada para su Realización personal. Así como el médico chino tratará de restablecer el equilibrio relativo de la salud de sus enfermos, también para sí mismo buscará obtener aquel real equilibrio interior que corresponde a la realización de la condición de Tchenn-jen u Hombre verdadero, que es el punto de partida para aquel proceso de conocimiento verdadero de los estados superiores del ser que culmina en la identidad con el Tao, esto es en la condición de Cheun-jen u Hombre trascendente.

Este punto de vista de iniciación de oficio o de arte era muy conocido en la antigüedad, aún occidental, y es este quizá el sentido profundo que debe atribuirse a la frase evangélica: «Medice cura te ipsum».

* Artículo publicado en la Rivista di Studi Tradizionali nº 5, Octubre-Diciembre 1962.

[1] Término que implica un concepto más vasto y completo que el de «creación» característico de la Tradición abrahámica (Judaísmo, Cristianismo, Islam).

[2] Biorritmos ante litteram.

[3] Por otra parte existen canales accesorios que representan como cortocircuitos que fluyen a lo largo de la línea media del cuerpo.

[4] Claude Bernard decía: «El microbio es mucho, pero el terreno lo es todo» y en efecto frente a una misma flora microbiana está quien se enferma y muere, quien solo se enferma y quien ni siquiera se enferma. A quien aluda a la «carga» bacteriana, citando la altísima mortandad de las epidemias (aparte del hecho de que el precedente razonamiento sigue siendo válido) recordamos que la acupuntura china, por ejemplo, tiene efectos prácticamente inmediatos sobre cualquier caso de cólera.

[5] Hemos restringido voluntariamente a la acupuntura el campo terapéutico de la medicina tradicional china aunque esta sea rica en otros poderosos remedios de todo tipo.

[6] Este nivel intermedio no se investiga para todos los pulsos; pero aquí al igual que en otros puntos del presente artículo, tratamos de simplificar la exposición ya que esta se dirige a un público no especializado.

[7] Generalmente se consideran catorce y corresponden a los meridianos.

[8] En tiempos pasados el médico chino percibía honorarios en tanto el paciente se mantuviera sano y dejaba de percibirlos apenas este se enfermaba.

[9] Sin tomar en cuenta todas las otras condiciones que señalamos.

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