EL ARTE DE LA CONSTRUCCION 2 Agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

EL ARTE DE LA CONSTRUCCIÓN
Revista de Estudios Tradicionales Nº 3, págs. 89-115
(Fragmento)
Bruno Rovere

En su artículo «Las artes y su concepción tradicional» René Guénon precisaba que la distinción entre ciencias y artes «antaño era mucho menos acentuada de lo que es actualmente; el término latino artes, a veces, era aplicado también a las ciencias y, en el Medievo, la enumeración de las “artes liberales” agrupaba actividades que los modernos colocarían en una u otra categoría. Esta simple observación sería ya suficiente para poner de manifiesto como el arte […] comportaba un verdadero conocimiento, con el que constituía una sola cosa; y un tal conocimiento evidentemente solo podía ser del tipo de las ciencias tradicionales» [1].

Guénon agregaba también que «en estos casos se trataba siempre, en grados diversos, de la aplicación y de la puesta en obra de ciertos conocimientos de orden superior, que se vinculaban, cada vez más profundamente, con el conocimiento iniciático mismo; y, por otro lado, la puesta en obra directa de este conocimiento recibía a su vez el nombre de arte, tal como aparece claramente en expresiones tales como “arte sacerdotal” y “arte real” […]» [2].

Por ello es que, desde el punto de vista tradicional, el arte es la aplicación y la puesta en obra de una ciencia tradicional, que se vincula con el conocimiento iniciático mismo y, en consecuencia puede, del mismo modo, constituir la base de un verdadero trabajo «operativo». En cuanto al término «construcción», su origen etimológico, del latín, es «cum», junto, y «struere», reagrupar, por lo que su significado literal equivaldría a «composición» o «reunión». En el artículo «Rassembler ce qui est épars», escrito en 1946, René Guénon señalaba: «[…] en el sentido más inmediato, el constructor reúne efectivamente materiales dispersos para hacer con ellos un edificio que, si es verdaderamente lo que debe ser, tendrá una unidad “orgánica”, comparable con la de un ser viviente si nos colocamos desde el punto de vista microcósmico, o con la de un mundo si lo hacemos desde un punto de vista macrocósmico» [3].

En este estudio trataremos de desarrollar el tema del arte de la construcción, partiendo de las definiciones formuladas por René Guénon y reuniendo materiales que se hallan dispersos en su obra.

 Una de las primeras observaciones que se imponen es que, al definir la actividad del constructor, R. Guénon puntualiza que se trata del «sentido más inmediato», lo que quiere decir que existe también un sentido profundo, que no está contenido en la definición dada, sentido que es necesario investigar; pero, antes de afrontar esta búsqueda, examinemos más en particular el «sentido inmediato» en cuestión.

 René Guénon usa en este caso la palabra «constructor» en singular, lo cual implica la posibilidad de que un solo constructor pueda llevar a cabo la obra: ello depende evidentemente de las dimensiones del edificio a erigir, y cuando se trata de una pequeña construcción, puede ser suficiente un solo constructor; pero cuando se trataba de una catedral o de un templo como el de Salomón el número de los operarios utilizados superaba habitualmente el centenar, a veces también el millar. En tal caso el trabajo de semejante multitud de operarios era dirigido por un «constructor jefe», denominado con una palabra de origen griego, «arquitecto», quien era el depositario de los conocimientos necesarios para la construcción del edificio.

En 1911 Palingenius escribía: «[…] “El Arquitecto es el que concibe el edificio, quien dirige su construcción” dice el mismo H:. Nergal, y también sobre este punto estamos en perfecto acuerdo con él; pero, si en este sentido se puede decir que él es verdaderamente “el autor de la obra”, sin embargo, es evidente que no es materialmente (o, en modo más general, formalmente) “su creador”, dado que el arquitecto, que traza el plano, no debe ser confundido con el obrero que lo ejecuta; se trata, según otro punto de vista, de la diferencia existente entre la Masonería especulativa y la Masonería operativa» [4].

Ahora bien, el arte de la construcción, en cuanto abarca tanto la ciencia como la puesta en práctica es, en su totalidad, competencia del arquitecto, y en consecuencia puede ser asimilada a la «arquitectura». Sin embargo no es cosa de limitar la función del arquitecto como si estuviera dirigida solamente a la construcción en piedra, tal como se podría estar tentado de hacerlo si se examina el caso de la Masonería. En efecto, René Guénon señalaba que «en los textos más antiguos de la India, todos los ejemplos inherentes al simbolismo constructivo se refieren siempre al carpintero, a sus instrumentos y a su trabajo; […] Es axiomático que no por ello resulta modificado el papel del arquitecto (Sthapati, que por otra parte originalmente es el maestro carpintero), dado que, hecha la salvedad de la adaptación requerida por la naturaleza de los materiales usados, debe inspirarse siempre en el mismo “arquetipo” o “modelo cósmico”, ya sea que se trate de la construcción de un templo o de una casa, de un carro o de una embarcación (en estos últimos casos el oficio del carpintero no ha perdido jamás nada de su importancia originaria, por lo menos hasta la utilización totalmente moderna de los metales, que representan el último grado de la “solidificación”). Y también resulta evidente que si ciertas partes del edificio están construídas en madera o en piedra, esto no cambia nada —si bien no en su forma exterior— por lo menos en su significado simbólico» [5].



En la definición citada en el comienzo de este artículo se habla de «materiales dispersos», sin que esto sea pormenorizado posteriormente; por otra parte René Guénon ha destacado en varias oportunidades la anterioridad de las construcciones de madera con respecto a las construcciones en piedra: «Cosa más bien curiosa, es el hecho de que en India no se encuentre ningún monumento que se remonte más allá de esta época […]; no obstante, la explicación de este hecho es bastante simple y es que todas las construcciones anteriores eran de madera, de modo que han desaparecido naturalmente sin dejar huellas; pero lo que sí es cierto es que tal cambio en la manera de construir corresponde necesariamente a una profunda modificación de las condiciones generales de existencia del pueblo en el que tal cosa ha sucedido» [6].

«En general las construcciones fueron hechas de madera antes de serlo de piedra, y esto explica la razón por la cual, particularmente en la India, no se encuentre ningún rastro de aquellas construcciones que se remontan más allá de una cierta época. Tales edificios eran evidentemente menos duraderos que los construídos en piedra; por lo que el empleo de la madera, en los pueblos sedentarios, corresponde a un estado de menor fijación con respecto a aquel caracterizado por el uso de la piedra, o también, si se quiere, a un menor grado de “solidificación”, cosa que concuerda perfectamente con el hecho de que se relaciona con una etapa anterior en el curso del proceso cíclico» [7]. 

«Por otra parte, también es totalmente cierto, y lo hemos dicho en otro lugar, que entre los pueblos sedentarios la sustitución de las construcciones de madera por las de piedra corresponde a un grado más acentuado de “solidificación”, en conformidad con la etapa del “descenso” cíclico; pero, visto que este nuevo sistema de construcción se volvió necesario por la modificación de las condiciones ambientales, hacía falta que, en una civilización tradicional, el mismo recibiese de la tradición misma, por medio de ritos y símbolos apropiados, la consagración, única susceptible de legitimarlo y por lo tanto de integrarlo a tal civilización, y por eso es que hemos hablado de adaptación. Tal legitimación implicaba la de todos los oficios, comenzando por el tallado de las piedras para la construcción, y no podía ser realmente efectiva sino a condición de que el ejercicio de cada oficio estuviese vinculado a una iniciación correspondiente, dado que, de acuerdo con la concepción tradicional, debía representar la aplicación regular de los principios en el propio orden contingente» [8] […]

[1] «Mélanges», pág. 102 de la edición francesa.
[2] «Mélanges», págs. 103-4 de la edición francesa.
[3] «Simboli della Scienza sacra», pág. 261; Adelphi Ed.
[4] «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 284 de la edición francesa.
[5] «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 10 de la edición francesa.
[6] «La Crise du Monde moderne», pág. 20 de la edición francesa.
[7] «Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage», Tomo II, pág. 9 de la edición francesa.
[8] «Simboli della Scienza sacra», págs. 270-1; Adelphi Ed.

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