LA «MENTALIDAD PRIMITIVA» 6 Agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

LA «MENTALIDAD PRIMITIVA»
Revista de Estudios Tradicionales Nº 13, págs. 30-58
(Fragmento)

Κοὐκ ἐμὸς ὁ μῦθος ἀλλ’ ἐμῆς μητρὸς πάρα
Eurípides, fragmento 488

Es posible que ningún otro tema haya sido estudiado por los científicos modernos de manera tan «extensiva» como el folklore, y tal vez no exista otro cuya interpretación haya sido desvirtuada por tantos prejuicios. Para nosotros, el «folklore» es ese conjunto coherente de formas de civilización que ha sido transmitido, no por escrito, sino oralmente a partir de una época anterior a esa donde se detienen las investigaciones históricas; estas formas de civilización se presentan a modo de leyendas, cuentos de hadas, baladas, juegos, artes (incluida la medicina), ritos agrícolas y otros, y se pueden descubrir inclusive en las mismas estructuras de la organización social, especialmente en aquellas del «clan» y de la «tribu». Es un conjunto cultural, independiente de las fronteras nacionales y raciales, que manifiesta una notable uniformidad en toda la superficie del globo [1]: se trata, en otras palabras, de una cultura de extraordinaria vitalidad. Los elementos que componen el folklore difieren de aquellos de la «religión», con respecto a la cual éste puede encontrarse en una especie de oposición (tal como sucede, aunque de una manera completamente diferente, con la ciencia) [2] con motivo de su contenido más intelectual y menos moralista y, de una manera todavía más evidente y esencial, a causa de su adaptarse a la transmisión popular. […]

El contenido del folklore es metafísico. La incapacidad de reconocerlo deriva principalmente de nuestra absoluta ignorancia de la metafísica y de sus términos técnicos. Sabemos, por ejemplo, que el artesano «primitivo» deja su obra inacabada en algunos particulares, y que, entre los mismos «primitivos», una madre no desea que la belleza de su hijo sea alabada de manera exagerada, pues eso significa «tentar a la Providencia» y podría provocar un accidente. Lo cual para nosotros no tiene sentido alguno. Y, sin embargo, la explicación aquí sobrentendida subsiste en nuestras locuciones populares. Si el artesano deja en su obra algo incumplido, es por el mismo motivo por el cual las ideas de «fin» y de «perfección» están igualmente contenidas en el significado del verbo finalizar [3]. Perfección es sinónimo de muerte: cuando una cosa se ha convertido en aquello que debía ser, su fin ha llegado; su vida, su devenir, ya no tienen razón de ser, no se puede más que contemplarla: aquellos que son amados por los dioses mueren jóvenes. […]

Una característica peculiar de una sociedad tradicional es el orden [4]. La vida de la comunidad en general, tal como la del individuo, cualquiera sea la función que desempeñe, está en correspondencia con modelos preestablecidos que nadie piensa poner en discusión; el criminal, entonces, es quien no sabe como portarse en lugar de uno que se niega a portarse de una determinada manera [5]. En otras palabras, la sociedad tradicional es una sociedad unánime y, en cuanto tal, se opone a la sociedad democrática e individualista, en la que los principales problemas son resueltos por la mayoría y las cuestiones secundarias por los individuos que deciden cada uno por su cuenta.

La gente piensa corrientemente que, en una sociedad tradicional o en las condiciones de vida de la tribu o del clan, que son esas en las que florece la cultura «popular», el individuo se halla arbitrariamente constreñido a adaptarse a las reglas de la vida que debe observar. Sería más justo decir que, en tales condiciones, el individuo está eximido de toda ambición social. Creer que en las sociedades tradicionales el individuo esté sometido a una férrea disciplina es un error: sólo en las democracias, en los sóviet y en las dictaduras un cierto modo de vida está impuesto con una acción exterior al individuo [6]. En las sociedades unánimes, la comunidad y el individuo se imponen por sí solos su modo de vida, en el sentido de que «el destino reside en las mismas causas creadas», y esta es una de las formas a través de las cuales el orden de la sociedad tradicional se conforma al orden natural: son las sociedades unánimes que ofrecen el ambiente más favorable para la realización de sí mismos, o sea la posibilidad de superar los límites de la individualidad. Es efectivamente esta realización que constituye la razón fundamental por la cual la tradición misma es perpetuada. Como dijo Jules Romain, es en la tradición que encontramos «la mayor variedad posible de estados individuales de conciencia, en una armonía enriquecida por su abundancia y densidad»; definición que se aplica particularmente bien, por ejemplo, a la sociedad hindú. Por el contario, en las diversas formas de gobiernos proletarios, está siempre presente el propósito de realizar una rígida e inflexible uniformidad; todo el aparato educativo está claramente dirigido a tal fin: éste tiende a crear un tipo nacional único y a esto se espera que cada uno se adapte, so pena de ser de otro modo considerado un extravagante y hasta un traidor. La explicación de la diferencia entre estos dos tipos de sociedad es la siguiente: el orden que en toda forma de gobierno proletario es exteriormente impuesto al individuo es un orden sistemático y no una «forma» en el sentido aristotélico y escolástico, una «fórmula» árida, y generalmente se trata de un tipo de vida concebido por algún individuo o alguna escuela de teóricos (por ejemplo, los «marxistas»); en cambio el tipo de vida al cual una sociedad tradicional se conforma por su misma naturaleza, siendo de orden metafísico, constituye una «forma» coherente, pero no sistemática, que permite entonces el desarrollo de posibilidades mucho mayor de características individuales de las que los límites de un sistema podrían tolerar […].

[1] «Las nociones metafísicas del hombre pueden ser atribuidas a un reducido número de tipos universalmente difundidos» (H. Boas, The mind of primitive man, 1922, pág. 156).Por ejemplo, «doquiera existe la concepción de un especial reino de los muertos, opuesto al reino de los vivos, este reino de los muertos está situado a Occidente […]. Del Oriente, en cambio, provienen la luz visible y la luz de la vida; el Sol y la vida desaparecen en Occidente» (Schmidt, Dawn of the human mind, pág. 208).

[2] La oposición entre la religión y el folklore se presenta muchas veces como una rivalidad, parecida a esa existente entre una nueva ley y una tradición más antigua: los dioses antiguos se convierten en los espíritus malignos del nuevo culto. La oposición de la ciencia al contenido del folklore, así como a aquel de la religión, se basa en la opinión de que «todo conocimiento que no sea empírico carece de valor». La situación más ridícula, y también la más patética, es aquella que hace un tiempo se produjo en Inglaterra, donde la Iglesia se alió con la ciencia para proponer la eliminación de los cuentos de hadas de las lecturas infantiles, porque «falsos»; ¿es que no se dan cuenta que, los mismos que ahora ven en la mitología y las fábulas sólo «literatura», muy pronto aplicarán la misma etiqueta a las Sagradas Escrituras?

[3] Exactamente como el verbo sánscrito parinirvâ quiere decir al mismo tiempo «haber expirado del todo» y «volverse perfecto». El parinirvâna de Buda es un «fin» en ambos sentidos.

[4] «Llamamos civilización normal a aquella que se apoya en principios, en el verdadero sentido de la palabra, y en la que todo está ordenado y jerarquizado en conformidad con estos principios, de manera que todo resulta ser la aplicación y el prolongamiento de una doctrina de esencia puramente intelectual o metafísica; esto es también cuanto debe entenderse cuando hablamos de una civilización tradicional» (R. Guénon, Orient et Occident, 1924, págs. 235-36).

[5] La vida misma está dirigida de la misma manera en que se cumple un rito: no es casual que la palabra sánscrita Karma indique, además de una operación ritual, cualquier tipo de trabajo y acción. Por consiguiente, lo que importa, tanto en la vida como en el arte ritual, es que cuanto se lleva a cabo sea cumplido «en la debida forma», correctamente. Lo que no tiene importancia es el sentimiento experimentado con respecto a la obra que se debe poner en ejecución o a la dirección que se quiere imprimir a la propia vida, porque todos estos sentimientos son considerados tendenciosos y finalizados a sí mismos. No obstante, cuando uno no se limita a la ejecución correcta de un rito o de una acción y a más de esto llega a comprender su «forma» y su significado y cuando todas las acciones son conscientes y no únicamente reacciones instintivas al placer y al dolor, esta conciencia de la existencia de principios fundamentales predispone inmediatamente a la libertad espiritual. En otras palabras, cuando la acción es correcta, la misma acción resulta simbólica y facilita una disciplina o una «vía» que basta seguir para alcanzar el objetivo final; por el contrario, quienquiera actúe sin ajustarse a una «forma» porque tiene sus propias «convicciones» y porque «sabe lo que quiere», reduce su ser a la medida de su individualidad.

[6] La democracia es el gobierno de parte de todos por medio de una mayoría de proletarios; el sóviet es el gobierno de parte un pequeño número de proletarios; y la dictadura es el gobierno de parte de un solo proletario. En una sociedad tradicional y unánime, el gobierno está confiado a una aristocracia hereditaria, que tiene la función de conservar un cierto orden basado sobre principios eternos, antes que imponer las opiniones o la voluntad arbitraria (la voluntad tiránica en el sentido más técnico de la palabra) de un individuo o de un partido.

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