«MEDICE CURA TE IPSUM» PARTE I 7 Agosto, 2016 – Publicado en: ARTICULOS – Etiquetas:

I – Consideraciones sobre la medicina

En un número reciente, una conocida revista médica[1] destaca que en la Academia Militar Kirov de Leningrado se había empleado la acupuntura china en casos de neuralgias trigeminales y de otras afecciones de la cavidad oral: los resultados logrados superaron toda expectativa y en todos los casos fueron mejores que los que se hubieran obtenido mediante la utilización de las terapias comunes.

La noticia, por sí misma, no habría sido tan relevante, habituados como estamos a la aparición siempre de nuevas terapias (que a veces de nuevas no tienen más que el nombre) y a sus más o menos buenos resultados, si no fuera porque, en este caso específico, no se trata de un hallazgo de la ciencia moderna, sino, por el contrario, de la aplicación de una verdadera «ciencia», en el sentido tradicional de la palabra, o sea de una ciencia —y no es ésta su única característica— cuyos orígenes y métodos se pierden en la noche de los tiempos.

No por casualidad hemos dicho que a veces las nuevas terapias no son más que reediciones de otras más antiguas y es sabido, por ejemplo, que la cirugía craneana era perfectamente conocida y practicada en el Egipto faraónico (por no hablar también de otros pueblos) o que también, desde la antigüedad, en muchos países era realizada comúnmente y en forma exitosa la operación de catarata.

Fuera de los ambientes especializados es menos sabido, por ejemplo, que la Rauwolfia serpentina, medicamento que actualmente reviste la mayor importancia en la terapia de la hipertensión esencial es utilizada desde hace siglos en la India para la misma enfermedad; que también en la misma India, mucho antes de la era cristiana, la cirugía estética permitía realizar intervenciones de plástica facial mediante el método del auto-injerto, con una técnica impecable; y que, siempre en la época pre-cristiana, era conocida y aplicada en China la vacuna antivariólica.

Ejemplos de este tipo podrían multiplicarse si, de acuerdo con la apología que la ciencia moderna hace de sí misma, no se tendiese a minimizar, cuando no a desconocer o esconder, todos los procedimientos que ya eran conocidos en la antigüedad; razón por la cual estas noticias, escasamente difundidas en el propio ambiente médico, son difíciles de encontrar aún en las obras de historia de la medicina. Parecería que esto formara parte de un plan premeditado para hacer pasar a los antiguos por verdaderos idiotas que durante milenios hubieran vegetado aplicando a las ciencias en general, y a la medicina en particular, métodos apenas diferentes de la charlatanería y, en épocas más cercanas, del empirismo más banal.

La figura del médico de los siglos XVIII y XIX, de goldoniana memoria+, provisto únicamente de la aguja para la sangría y del recipiente para los lavajes intestinales, permanece demasiado fresca en nuestros recuerdos literarios como para que pueda temer desmentidas. Por lo cual, en conformidad con las teorías del todo recientes sobre la evolución y el progreso —que ya forman definitivamente parte del patrimonio cultural de las masas, aunque sean absolutamente gratuitas— esa misma figura, con el agregado de algún elemento peyorativo, es la que se presenta automáticamente ante la mente de cualquiera que piense en un médico de la antigüedad, según un reflejo que la ignorancia y la absoluta falta de autocrítica han contribuido en gran medida a condicionar.

Que efectivamente el período citado haya podido representar una fase de transición en la que se desarrolló la ciencia moderna (que, por otra parte, no era para nada desconocida anteriormente) no significa que esta última sea la única verdadera «medicina», sino sólo una medicina, que dadas las actuales condiciones ambientales objetivamente distintas a otras precedentes, tiene mayores probabilidades de éxito. En efecto, en concordancia con las doctrinas tradicionales sobre los ciclos cósmicos, que hablan de una progresiva decadencia de la humanidad a partir de un período de perfección inicial, hacia un estado de creciente materialización, la medicina, tal como la conocemos actualmente, se dirige al último y más bajo componente de la individualidad humana, vale decir a su elemento corpóreo.

Por otra parte, el más elemental buen sentido debería ser suficiente para preguntarse por qué razón se habrá mantenido por milenios la figura anacrónica de un médico débil y parásito completamente desarmado ante la enfermedad. La realidad es otra: durante todo un período de extensión indeterminable en el ciclo cósmico de nuestra humanidad, la teoría y la práctica médica han sido encausadas hacia otro elemento de la individualidad, precisamente al elemento psíquico o «sutil»[2], parte integrante de esta individualidad, y que junto con la parte somática o corpórea constituye la individualidad humana integral, cuya extensión es indefinidamente más vasta de lo que las actuales concepciones científicas puedan suponer.

Naturalmente, la individualidad humana no tendría en sí misma su razón suficiente sin la presencia de un tercer elemento de orden espiritual (sin relación alguna con las terminologías espiritistas, teosóficas, metapsíquicas o similares) trascendente con respecto al individuo, y que representa su nexo con el Principio[3].

Según la cosmología tradicional (ver por ejemplo las doctrinas hindúes o taoístas), y con una esquematización que, de nuestra parte, sería sin duda abusiva si no fuera que se trata de exponer en el breve espacio de un artículo algunas alusiones sobre argumentos de enorme complejidad, la componente espiritual es productora, y no producida, de la componente sutil, la cual a su vez produce la componente material que como etapa final del proceso es solamente producida.

Es evidente que una acción que pueda ejercerse en un punto cualquiera de esta concatenación causal está en condiciones de producir efectos desde este punto a niveles inferiores y que por lo tanto, dada la analogía existente entre los puntos de vista macro y microcósmico, pueden presentarse distintos niveles de ataque, por ejemplo de la medicina, aún cuando denominarla de este modo, desde un cierto nivel hacia arriba, sería sin duda una extensión arbitraria. Y es también evidente que, aunque en el pasado se hayan puesto en práctica excelentes aplicaciones médicas en el campo puramente material —y de ello hemos citado ejemplos—, puesto que los efectos están sintéticamente contenidos en las causas, el verdadero conocimiento de la individualidad integral permitía un discernimiento de los medios de acción posibles que no son en absoluto comparables con las limitaciones de una dirección unilateral aún si esta fuera llevada hasta sus últimas consecuencias.

En efecto, de la comprensión aún solo teórica de lo que significa el dominio efectivo del plano sutil de la individualidad humana, dominio que, si es total, representa la condición edénica del hombre del comienzo de este ciclo humano (con todas las características que le son inherentes, entre las que se incluye la anulación de las limitaciones espaciales y temporales), y de la comprensión de que este estado es un punto de partida en el descenso cíclico y una etapa en el curso de la realización espiritual (de la que representa una condición necesaria pero no suficiente, ya que se encuentra aún muy por debajo del dominio espiritual verdadero), se puede comenzar a vislumbrar, aunque sea en un campo específico y limitado como lo es el médico, qué es lo que podrían representar aquellas subdivisiones que en los volúmenes de historia de la medicina son descartadas de modo rápido y despreciativo bajo los títulos de medicina sacerdotal y medicina mágica.

En el primer caso, que se refiere a épocas muy remotas, se trataba evidentemente de una aplicación terapéutica que era fruto secundario de una efectiva realización espiritual, por lo tanto adjunta a una mediación entre el dominio de los principios metafísicos y el plano humano; en el segundo, en tiempos menos lejanos, se trataba de la utilización de métodos que eran el reflejo de este conocimiento sobre el plano humano, según los procedimientos de la magia que originalmente era una ciencia tradicional sujeta a leyes bien precisas aunque diferentes de las de la física común. De todas maneras, el plano sutil, cuyas repercusiones sobre el plano somático son evidentes, jugó siempre un rol fundamental en la medicina antigua, merced a su función de medio de una acción teúrgica en el primer caso, o de punto de aplicación de una ciencia tradicional en el segundo.

En cuanto a los modernos, desde hace algún tiempo comenzaron a hablar de medicina psicosomática, creyendo haberla inventado, es decir desde que constataron la importancia que ciertos estados psíquicos tales como la angustia, la tensión, la depresión, etc. pueden tener en la determinación de afecciones como la úlcera gastroduodenal, el infarto, o la impotencia sexual, citando sólo las más conocidas.

Pero, por deficiencia teórica (no tienen noción alguna acerca de la existencia y de la extensión del plano sutil, ni tampoco de aquello que lo supera) y por inadecuación metodológica (creen poder aplicar las mismas leyes de la física y de la normal experiencia científica a un campo que les es totalmente extraño), sus intentos están, desde un comienzo, destinados al fracaso, o por lo menos a resultados totalmente inestables y fragmentarios.

Y sin embargo es precisamente en la actualidad cuando estas nociones les serían más necesarias, si consideramos como ha cambiado la patología, y cuan pavoroso incremento ha experimentado en las estadísticas de morbilidad el fenómeno de la neurosis, que raramente se limita a un desarreglo de las funciones biológicas desembocando más frecuentemente en el campo de la psicopatología o de la patología orgánica. Demasiado fácil y obvio es atribuir estas afecciones a los múltiples tipos de estrés que la vida moderna cotidianamente provoca y que nosotros más bien atribuimos, al menos en parte, a la frenética y afanosa búsqueda de algo que sustituya aquellos valores, actualmente perdidos casi en todas partes, que por milenios han estado en las civilizaciones tradicionales en la base de la estabilidad, de la jerarquía, y del orden exterior así como interior.

Pero no es sólo el campo de las neurosis el que ha experimentado un desmesurado crecimiento desde hace un tiempo a esta parte, sino que también todo el dominio de las enfermedades de carácter degenerativo (tumores de distintos órganos, arteriosclerosis en sentido amplio, mesenquimopatías, etc.) han sustituido válidamente, en las estadísticas de mortalidad general, el lugar que alguna vez ocupaban las enfermedades infecciosas.

La victoria sobre las epidemias, como así también el haber reducido a cifras irrisorias la mortalidad infantil[4], son normalmente ponderadas como resultados sin precedentes obtenidos por la medicina moderna, lo cual no es discutible desde cierto punto de vista, pero si se observan las cosas desde otro ángulo, por ejemplo desde el de la economía de la especie, es evidente que el resultado es totalmente negativo en cuanto se consiente la supervivencia de individuos tarados o al menos mas débiles, cuya progenie repetirá agravados los defectos de los progenitores. No por nada el biólogo francés Rostand habla de un progresivo empeoramiento del patrimonio genético[5] constatado en los últimos años, cuyo advenimiento parece haber sido masivamente favorecido por la utilización indiscriminada de la energía atómica.

Desde ya que no nos interesa mayormente la opinión del ilustre biólogo en particular, como tampoco las opiniones de la ciencia en general, cuyas continuas contradicciones deberían atraerle el ridículo si se tratase de gente menos incauta que los modernos. En el curso de nuestra breve existencia, y aún sin sobrepasar el limitado campo de la biología, hemos observado como las más variadas hipótesis, ponderadas como «definitivas» en cada oportunidad, eran afirmadas y luego desmentidas por otras, tan «definitivas» en apariencia como provisorias en realidad. Por lo tanto, y no solamente por esta razón, en caso de verificarse contradicciones entre los datos de las ciencias modernas y los de las doctrinas tradicionales, sabemos bien a que atenernos.

En realidad, la progresiva materialización o solidificación, que en definitiva no es más que una pérdida del elemento cualitativo en favor del cuantitativo[6], no se refiere solamente al hombre, sino también a todo el ambiente que lo circunda. En consecuencia, también los medios terapéuticos están sometidos a esta némesis: ¿Quién, en los comienzos de la terapia penicilínica, se habría tomado la molestia de defender las sulfamidas en su fórmula de entonces y que, sin embargo, en el momento de su introducción en la terapia eran capaces de vencer las más variadas enfermedades, desde la pulmonía hasta la endocarditis lenta, desde las heridas sépticas hasta la gonorrea? ¿Y qué médico defendería hoy a la misma penicilina que en su comienzo parecía ser la panacea para una gran cantidad de males, incluso para el antiguo monstruo, la sífilis? La penicilina es actualmente un arma casi obsoleta y poco a poco caen en desuso las otras armas —léase antibióticos— que las industrias farmacéuticas se esfuerzan en producir con la esperanza de encontrar la que no genere en el curso de pocos años la tristemente célebre resistencia bacteriana, que para nosotros no es otra cosa más que la expresión tangible de una solidificación ambiental que continúa frustrando nuestras tentativas de escapar de la enfermedad y de la muerte.

Poco antes señalamos que también la patología ha cambiado y que frente a la victoria sobre las enfermedades infecciosas se produjo la acentuación de aquellas de carácter degenerativo contra las cuales estamos prácticamente desarmados; dicho esto nos parece escuchar miríadas de voces elevándose en defensa de la moderna ciencia médica «…cuyos progresos tarde o temprano triunfarán sobre este último baluarte de la enfermedad…»: ¿Y si así fuera? ¿Es que acaso no podemos esperar otro cambio de la patología? ¿Es que quizá Aquel que arbitra la vida y la muerte de los hombres se retirará vencido frente al gran poder de la medicina moderna? ¿Tal vez podremos de algún modo eliminar para alguien el «momento de la verdad»?

Evidentemente no, porque, si bien es posible que la ciencia médica llegue a descubrir los remedios para estas enfermedades o para otras que las hubieran sustituido, del mismo modo que, en un campo más amplio, se logren resultados técnicos nunca antes vistos, a los que lógicamente deberá contrabalancear la más completa pobreza espiritual[7], esta aparente victoria de la materia sobre el espíritu, que en los libros sagrados está descripta simbólicamente en la figura del Anticristo que resucitará a los muertos al fin de los tiempos, no será más que momentánea, no siendo sino el preludio del restablecimiento de un nuevo orden en el cual las cosas retomarán su valor normal, y del inicio de un nuevo ciclo humano.

En todo caso, el alternarse de éxitos terapéuticos y modificaciones patógenas que al cabo de cierto tiempo terminan por anularlos, evidencia la verosimilitud de la hipótesis de que la medicina galénica, o la escuela salernitana, u otras corrientes médico-terapéuticas relativamente cercanas a nosotros en el tiempo, hayan efectivamente logrado en un cierto momento resultados reales y tangibles tal como testimonia su fama, resultados que se han ido empobreciendo de grado en grado con el correr del tiempo, en forma parecida a cuanto hemos visto que sucedía, contemporáneamente, con ciertos medicamentos.

Cuanto hemos dicho se refiere a la práctica; respecto de la teoría, sus tesis anatómicas o fisiopatológicas que provocan la burla de los modernos, y que también por siglos imperaron antes del advenimiento de la actual medicina de base materialista e inductiva (hechas las correspondientes reservas por lo que pueda deberse a improvisación de charlatanes y por todo cuanto puede ser considerado como una anticipación de la medicina moderna con menores posibilidades de investigación), no deben ser vistas como el fruto de un pensamiento teórico aislado de la realidad de las cosas, sino frecuentemente como el residuo de doctrinas ya no comprendidas y abusivamente traspuestas en clave materialista, o de elementos simbólicos que tienen muy pocos puntos de contacto con la anatomía y la fisiología, al menos tal como son concebidas actualmente. A este respecto y refiriéndonos a cuanto hemos dicho acerca de la medicina sacerdotal y de la mágica, el simbolismo, en esta última como en toda otra ciencia tradicional, es la única forma apta para sugerir ciertas verdades, de otra forma inexpresables, cuyo conocimiento efectivo, además de los resultados de otro orden que posibilita en lo que se refiere a la realización del ser, podía producir otros anexos, como por ejemplo, el dominio real de los medios de curación.

Bajo este aspecto, una ciencia tradicional, que es tal justamente porque deriva de la aplicación contingente de los principios absolutos que rigen la realidad en todos sus niveles, y que, por lo tanto, es exclusivamente deductiva, conteniendo en su esencia el germen de todos los desarrollos que las variaciones ambientales pueden tornar necesarios, o es utilizada por individualidades cuyo conocimiento va más allá del plano racional, extendiéndose al dominio de la metafísica pura (única a la cual, por otra parte, se le puede aplicar el concepto de Conocimiento), o por otras, que bajo el control de los primeras, aplican la letra en espera de conocer su espíritu. En el primer caso, que es por ejemplo aquel de la medicina sacerdotal, las eventuales variaciones que se volvieran necesarias son realizadas con pleno conocimiento de causa. En el segundo, que se refiere por ejemplo a la medicina mágica, no existe otra posibilidad más que la de la aplicación lo más fiel posible del conjunto de métodos aprendidos; ya que cualquier modificación originada en el deseo de adherirse a los datos de la experiencia sensible, aparentemente más reales, pero en verdad totalmente falaces con respecto a otro género de conocimiento, arriesga comprometer toda otra posibilidad de aplicación.

Se explica de esta manera que cuando por razones cíclicas llegan a faltar las personas calificadas, por lo cual, por así decirlo, se encuentran cortados los puentes con los principios, y en consecuencia el control de la tradición se haya tornado ineficaz, se hacen posibles todas las modificaciones y todas las interpolaciones hasta llegar a la más completa subversión; de ello deriva que primero disminuya la comprensión y luego se transforme en letra muerta lo que antes era vivo y vital, como las ciencias tradicionales y en este caso específico la medicina, sobre cuyos residuos se aplica exitosamente la crítica racional más dañina.

Así ha sucedido en Occidente ya desde la antigüedad llamada clásica con la sola excepción del período medieval; en Oriente, en cambio, los sucesos se han desarrollado de manera bastante diferente dado que la tradición se mantuvo viva y vital durante muchos siglos y lo es aún hoy, aunque menos evidente, a pesar de los esfuerzos demoledores de la llamada «civilización» occidental

(Continúa)

* Artículo publicado en la Rivista di Studi Tradizionali nº 4, Julio – Septiembre 1962.

[1] Reseña Médica y Cultural «Lepetit», vol. 39, nº 3, 1962, pág. 12.
+ Carlo Goldoni (1707-1793), dramaturgo italiano. Por esta expresión entendemos que se hace referencia aquí a un marcado sentido del honor y franqueza, cualidades particularmente valoradas durante el Siglo de las luces (N. del T.).

[2] Preferimos atenernos a este último término para no generar confusiones con el campo propio de las psicologías modernas cuya extensión es incomparablemente inferior y limitada. Por otra parte, no somos los primeros en utilizar con este sentido la palabra señalada.

[3] Esta división tripartita que corresponde al corpus, anima, spiritus de la escolástica y que es fundamental en las doctrinas tradicionales (por ej. jism, nafs, rûh del sufismo islámico) se mantuvo también en Occidente hasta que la general incomprensión y limitación intelectual condujeran por intermedio de Descartes a la división bipartita de materia y espíritu en la cual sólo la primera podía ser objeto de prueba. Este enfoque, además de representar la primera barrera teórica contra la posibilidad del verdadero conocimiento, se erige con el correr de los siglos, en una de las causas de las aberraciones que actualmente tienen lugar con el nombre genérico de «neoespiritualismo».

[4] Es a éste último factor que se debe la tan difundida prolongación de la vida promedio, que en realidad es una prolongación totalmente aparente.

[5] Como es sabido los genes son macromoléculas proteicas que conforman los cromosomas responsables de los caracteres hereditarios.

[6] Esto justifica las ideas de Rostand citadas anteriormente, como por ejemplo, el increíble aumento de la población mundial en el curso del siglo pasado.

[7] Según las doctrinas tradicionales, entre la componente espiritual y la material o mejor entre esencia y sustancia, existe en lo manifestado como una proporcionalidad inversa (acéptese la comparación matemática como una analogía, dada la imposibilidad de establecer relaciones matemáticas entre entidades que no tienen entre sí ninguna medida común) por lo que el descenso de la manifestación hacia el polo sustancial no puede sobrepasar un cierto límite, más allá del cual su misma existencia se vuelve imposible dada la necesidad de que ambas componentes estén representadas.

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